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viernes, 6 de septiembre de 2013

La comida procesada favorece el sueño

La comida procesada favorece el sueño o, dicho de otro modo, nos permite dormir con la conciencia tranquila. Y no, que nadie piense que está afirmación es fruto de una ingesta desmedida de uva procesada y fermentada. 

De todos es sabido que la culpa es mala compañera de Morfeo y más sabido aún que encontrar un culpable que alivie nuestro pecado es la mejor, más cómoda y más practicada fórmula de conciliar el sueño y reconciliarnos con nosotros mismos.

Así, poco contentos, más bien culposos de nuestras flacideces físicas e incluso anímicas, es preciso encontrar su porqué –el culpable- . Un severo veredicto con una concienzuda argumentación bioquímica halla un culpable de la desmesura de nuestros tejidos adiposos y de todos los males relacionados con la alimentación de nuestros días: la comida procesada. Podemos dormir, la culpa es de otro.

Y es que resulta más cómodo achacar nuestras curvas más molestas, nuestros triglicéridos y colesteroles, incluso los cambios de humor y la infertilidad a la ciencia artera que se practica en los laboratorios de las industrias alimentarias. 

Se cuentan por cientos los mensajes alertando de los males de la comida procesada. Un ejemplo: 10 cosas que las industrias de comida procesada no quieren que sepamos

 Nuestro estilo de vida ha cambiado: la incorporación –bienvenida- de la mujer al mundo laboral, la oferta de ocio, las tecnologías multimedia y de la comunicación, la sustitución del esfuerzo físico por el mecanizado, los medios de transporte… Todos conocemos cómo ha evolucionado el modo de vida, especialmente en el último siglo. Y claro, tanta mejora debía tener algún efecto secundario: no tenemos tiempo. Mucho menos si ese tiempo es para dedicarlo a los fogones. Es entonces cuando los viles métodos de la industria alimentaria aprovechando nuestra falta de tiempo moldean nuestras siluetas al estilo Botero y alteran nuestro equilibrio bioquímico.

Pero no, la peor flacidez que nos aqueja no es la abdominal, sino la mental. Claro que los alimentos precocinados o comida procesada no son los más saludables, como tampoco lo sería volver a los tiempos del cocido como alimento casi único. No es cuestión de demonizar un alimento que inicialmente está concebido para su consumo excepcional. El problema no es el uso sino el abuso, como en casi todo. Como tampoco es justo generalizar, pues de todo hay en la oferta de alimentos precocinados.

Los alimentos procesados inducen la segregación de dopamina, afirman algunos artículos, una sustancia que genera nuestro organismo y que se asocia al placer, y por tanto producen adicción. Pues confieso que mis niveles de dopamina alcanzan cotas más elevadas con un cochinillo asado que con una lasagna precocinada y no por ello he generado ninguna adicción.

Los alimentos procesados tienen conservantes (afortunadamente), tienen glutamato monosódico, nitratos (como buena parte de la chacina de las mejores industrias cárnicas con Denominación de Origen), demasiadas calorías… Nada que en su justa medida pueda producir efectos adversos.

Los únicos efectos adversos del estilo de vida actual provienen de las horas de sillón, televisión y tablet que nos impiden pasar un rato en la cocina. Quizá no podamos dedicar las horas que nuestras madres y abuelas dedicaron a los fogones, pero son incontables las preparaciones que no requieren más de diez o quince minutos.

Y sí, el modo de vida ha cambiado: además de la falta de tiempo nos ha traído mayor poder adquisitivo, congeladores, máquinas programables que amasan, cocinan, baten, pican, sofríen, cuecen y, afortunadamente, no comen que es lo único que les falta. Y, por si fuera poco, en la tablet tenemos las recetas en vídeo por si leer es mucho esfuerzo. Pero dormiremos más felices sabiendo que el maligno en forma de alimento precocinado ha poseído nuestro abdomen.

domingo, 1 de septiembre de 2013

El maridaje: uno más uno no siempre es igual a dos

Aunque nunca se me han dado bien las matemáticas, siempre he tenido claro que uno más uno son dos. Lo he tenido claro hasta la cena del día 29 en Los Santos de Maimona.

Cuando uno es un cocinero vocacional y creativo y el otro uno es un bodeguero de tradición y apasionado, uno más uno no son dos sino un número muy grande, de esos que tienden a infinito. Cuando en la suma intervienen pasiones y buen hacer y, además, se trata de vino y cocina, las matemáticas no pueden explicar el resultado y se produce la explosión.

Y es que cada vez que se descorchaba una botella de Bodegas Toribio y se abrían las puertas de las cocinas de Las Barandas surgía con delicada violencia una cascada de sensaciones, aromas, sabores, texturas y colores. Cada plato y cada vino brillaron con luz propia.

La unión de las pasiones y el buen hacer de Fernando Toribio y Manuel Gil nos regalaron una cena memorable: ocho vinos y ocho platos. Cada plato cocinado con el vino que lo iba a acompañar. Un minucioso ensamblaje de los fogones de Manuel con los vinos de Fernando. Cocina que se mueve entre la modernidad y la tradición y vinos con diseños actuales que no olvidan lo mejor de sus raíces. Y, sobre todo, amor al vino y a la cocina.

Una cena que no solo fue deleite, sino también, una demostración de las calidades que puede ofrecer Extremadura. No cabe más que desear un gran éxito a la gama de vinos Torivín y al restaurante Las Barandas.