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sábado, 3 de agosto de 2013

Y otra vez el FMI


Mapas, linternas, bastones de trekking, botas… Último -seguro que más bien será penúltimo- repaso a la lista de material. Por fin esta noche partimos hacia Pirineos.

No pensaba encender hoy el PC y mucho menos ponerme a escribir. La verdad es quería que la próxima entrada de este recién estrenado blog fuese alguna vivencia pirenaica, algo amable que compartir, pero no me quito de la cabeza el titular de ayer.

Lo primero que hago es consultar varias hemerotecas. Pues sí, lo que citaba en mi entrada anterior en el blog sobre Olvier Blanchard (FMI) no era una mala pasada de mi memoria: reconocía el error de recomendar recortes a Europa. Y el titular que mencionaba antes y que provoca este exabrupto bloguero es una nueva recomendación del FMI: un recorte de salarios del 10 %, una bajada de cotizaciones a la Seguridad Social y una –otra- subida del IVA (ésta dos años después) ayudarían a crear empleo. Perplejidad.

Si se bajan los salarios y disminuyen las cotizaciones parece evidente que se creará empleo y si dos años más tarde se aumenta el IVA puede que las arcas del estado se recuperen. La operación parece lógica.

Pero esto de no saber de economía me trae por la calle de la amargura, porque la lógica se me rompe cuando pienso en el consumo interno. Menos salarios y más IVA, menor consumo interno. Supongo que desde el punto de vista económico nada grave: se soluciona con más consumo exterior. Dicho de forma burda: produzcamos más y más barato que otro que pueda lo comprará.

Tiene toda la lógica del modelo social al que se nos conduce: una sociedad con mayores desigualdades sociales. Un modelo en el que primen los costes de producción sobre el bienestar del conjunto de la sociedad aunque ello implique una polarización social.

Pero lo que subyace a todo ello, independientemente (que no es poco) de cuestiones de justicia social, es una crisis de la legitimidad política: los gobiernos y sus instituciones (nacionales o internacionales), según la teoría política, representan a los estados y están legitimados por sus ciudadanos para la solución y gestión de sus conflictos y necesidades. Sin embargo lo que la gestión de esta crisis económica pone de manifiesto es a qué o a quiénes obedecen los gobiernos: a los intereses de la mayoría, desde luego, no.

Dos reflexiones finales: la primera es reiterativa con la entrada anterior de este blog: el estado del bienestar, además de para “estar bien”, tenía un objetivo de convivencia pacífica… cuidado.

La segunda es una reflexión muy personal: las ciencias son hijas de la humanidad. La biología ha procurado a la sociedad un mayor bienestar en disciplinas como la medicina, la farmacia y la agronomía, entre otras muchas. La física ha permitido todo tipo de avances tecnológicos. ¿Qué clase de hijo desnaturalizado es la economía, la ciencia de la administración de los bienes escasos o limitados, que ha puesto a la humanidad a su servicio en lugar de estar al servicio de ésta?

No nos harán creer que la economía tiene vida propia. No es un ordenador gigante de aquellos que protagonizaban las películas de los años setenta y tomaban el control de la Tierra. ¿No estamos cansados de ”la economía necesita…”, “los mercados piden…”? ¿Pero quién **** son los mercados? ¡¡La humanidad pide, la sociedad necesita!!

 Y, se me ovidaba: si recomendar recortes fue un error, bajar salarios ¿no es una forma de recorte? O su concepto de recorte tiene muy pocas connotaciones sociales o el FMI no tiene muy claro qué debe recomendar. No sé qué es peor.

Voy a seguir haciendo el equipaje.

jueves, 1 de agosto de 2013

¿Un nuevo Nuremberg?

No hace muchos días la prensa, con entusiasmo variable según qué prensa, publicaba que las auditorías practicadas por Deloitte a las cajas de ahorro españolas tenían presuntos errores. Hay quienes, incluso, califican de fiasco esas auditorias.

Me viene a la memoria que hace unos meses Olivier Blanchard, economista jefe del Fondo Monetario Internacional, reconocía el “error” de exigir recortes a Europa.

Y mientras tanto, el desempleo se mantiene (al margen de coyunturas estacionales), buena parte del estado del bienestar se desmorona y, por primera vez desde que existe la  Encuesta Anual de Coste Laboral elaborada por el Instituto Nacional de Estadística, el coste neto por trabajador ha disminuido. Crecen las grandes fortunas y aumenta el consumo de bienes de lujo.

Y uno que es dado a comparar y relacionar hechos pasados, afición que debe ser poco compartida en los entresijos del poder, se acuerda de Churchill, de Keynes y de Nuremberg.

Uno se acuerda de Churchill porque poco antes de la Conferencia de Yalta dijo que no se podía repetir otro Versalles y que deberían sentarse las bases para una Europa en paz. Y esas bases pasaban por una Europa sin desigualdades sociales acusadas. Porque la II Guerra Mundial no solo fue conflicto de origen territorial. Las enormes desigualdades sociales existentes propiciaron ideologías extremas que originaron dictaduras sin las cuales la historia probablemente hubiese sido distinta.

También uno se acuerda de Keynes porque el estado del bienestar es algo  más que el resultado de una teoría económica. Incluso es algo más que justicia social y redistribución de la riqueza: es un contrato social que mitiga la desigualdad y facilita la convivencia pacífica. Es, en cierto modo y dicho sea sin mucho rigor, la respuesta “sosegada” al conflicto capital-trabajo.

Y, por último, uno se acuerda de Nuremberg porque en esta ciudad nació la justicia internacional y el concepto de crímenes contra la humanidad.

Los errores de Deloitte y del Fondo Monetario Internacional son negligencias con consecuencias graves para la sociedad. Pero no son las únicas.

Los gobiernos y los bancos centrales han mantenido desde los años 70 y muy especialmente durante la década precedente al estallido de las subprime y la crisis económica posterior una laxa política monetaria por no decir una absoluta permisividad.

Los estados y, por tanto, los gobiernos tienen la responsabilidad del bienestar de los ciudadanos y para ello ostentan el monopolio de la coerción legítima. Son proteccionistas -no nos dejan ir a más de 120 kilómetros por hora para que no nos matemos- pero sí han permitido un endeudamiento desmedido y peligrosas estrategias financieras que conducían a un extremo riesgo de liquidez. Las consecuencias las conocemos.

Si la negligencia está tipificada como delito ¿no parece que podría pensarse en un nuevo Nuremberg?

Salvo que se piense que Nuremberg fuera la gran escenificación de la relación entre poder y justicia internacional -¿Hiroshima, Gulag, Dresde…?-, en cuyo caso hoy sería (es) impensable un juicio al sistema financiero y a la responsabilidad subsidiaria de los gobiernos: ¿quién juzgaría?


Mal empieza este blog que nacía con vocación optimista.