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miércoles, 26 de marzo de 2014
Frases...
Son muchas y muy versadas las plumas que estos días surcan las páginas de nuestros diarios recordando la figura del primer Presidente de la más larga etapa democrática española. Demasiadas como para que me atreva a sumarme al sinfín de panegíricos. Sin embargo, el recuerdo del presidente Suárez me invita a la reflexión. Cuando una persona de su relevancia histórica nos abandona, mientras nos embargan unos sentimientos propios del luctuoso acontecimiento, otros nos invitan a comparar lo que ya es historia con nuestros días.
Aquellos años de mi adolescencia y del nacimiento de nuestra actual democracia, a los que ya me referí en este mismo blog, fueron tiempos de generosidad, de incertidumbres, de ilusión y, sobre todo, de visión de estado. Y de todas ellas pienso que estamos algo escasos excepto de una y no es la más positiva.
Y decía que la triste pérdida me invita a la reflexión. A la reflexión sobre las paradojas de las frases de aquellos tiempos y su posible significado en los de hoy.
Era frecuente escuchar a los más inmovilistas, a los nostálgicos del régimen precedente: “Si Franco levantara la cabeza…”: las estructuras que durante cuarenta años parecían inamovibles se desmoronaban como un terrón de azúcar. Una nueva España surgía ante la complacencia de algunos, la perplejidad de otros y con el empuje de muchos. Y creo que no andaría muy desacertado al imaginar que más de uno puede estar tentando de actualizar aquella frase, ahora en relación al difunto presidente. Y es que el terreno está abonado: un desempleo del veintiséis por ciento, una crisis económica que parece nunca acabar, derechos y prestaciones sociales en franco retroceso y un polícromo mosaico de corruptelas. Corruptelas que hoy podemos juzgar y, sobre todo, detectar; unos derechos y prestaciones que, sin duda habrá que recuperar o rediseñar, pero que tenían desde dónde descender para que estos aciagos años de crisis hayan sido razonablemente soportables. Corruptelas que no solo se juzgarán en los juzgados, sino también en las urnas; derechos que también se recompondrán en las urnas porque si de algo podemos estar seguros es de que no será necesaria otra manifestación como aquella del veinticuatro de febrero del ochenta y uno, que no es poco.
Sí. Si Suárez levantase la cabeza probablemente sonreiría entre feliz y preocupado. Con la sonrisa condescendiente del padre que ve crecer a sus hijos adolescentes con una mezcla de felicidad y miedo. La felicidad por los logros alcanzados y el miedo por los peligros que entraña el futuro. Ese futuro que a todos los padres atemoriza e ilusiona a la vez. Pero aquella España de los setenta poco tiene que ver con ésta y, con todas sus desdichas, me quedo con la de hoy, que tiempo y maneras habrá de enderezarla porque "El futuro no está escrito, porque sólo el pueblo puede escribirlo" (Presentación del proyecto de ley de la Reforma Política, 10 de octubre de 1976).
Quizá una de las aportaciones de Adolfo Suárez que más está siendo reconocida es su voluntad de consenso. Ya, en 1969, declaraba sus principios en una frase, probablemente inspirada en una muy similar de un célebre discurso del presidente Kennedy: “Agradeceré que busquen siempre las cosas que les unen y dialoguen con serenidad y espíritu de justicia sobre aquellas que les separan”. Y consenso o, al menos, suma de voluntades es lo que hoy España necesita, aunque algunos, quizá los mismos que gustan de esgrimir eso de “…si levantara la cabeza…”, se rasguen las vestiduras ante la foto en la que se ve sentados en la misma mesa a los agentes sociales y al Gobierno. Un paso que creo que muchos esperábamos y que parece molestar o escandalizar a otros.
Probablemente, hoy no se atrevería a decir aquello de "Elevar a la categoría política de normal, lo que a nivel de calle es plenamente normal". Porque hoy a nivel de calle lo normal es el hastío, el pesimismo, la desilusión y la desconfianza y es que la calle lo que quiere oír es “Puedo prometer y prometo” y, además, le gustaría poder creérselo.
Lo que seguro que no imaginaba el presidente es cómo sonaría hoy una frase de su mensaje de Navidad de 1980: "Brindo por el pueblo español, esperando que tenga unos dirigentes mejores que los que actualmente posee". Y es que hay frases intemporales.
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lunes, 11 de noviembre de 2013
Ante la depresión
Juan Antonio Vallejo Nágera fue psiquiatra, escritor de ensayo y novela y pintor naif. Para unos fue generador de libros exitosos y para otros, gran divulgador. Recuerdo con agrado Locos egregios y Yo, el rey, pero no lo cito para analizar su obra, que sería pretencioso y atrevido por mi parte, sino para pedir disculpas por plagiar el título de uno de sus libros: Ante la depresión.Y es que no encontraba mejor título para este artículo fruto de un repaso a la corta andadura de este blog. Reviso cada uno de los artículos y en buena parte encuentro contenido crítico, muchas veces no exento de negatividad. Y ni mucho menos se trata de hacer acto de contrición: el blog nació para compartir opiniones y vivencias y los tiempos que corren me han llevado por esos derroteros sin que en ningún momento me haya abandonado el deseo, cada día mayor, de compartir ocurrencias más alegres. Porque de eso estamos muy necesitados: de alegría y más aún que de alegría, de optimismo.
Para salir de esta crisis, dicen, hacen falta reformas y no creo que pueda ponerse en duda. Otro asunto es la orientación de las reformas. También hacen falta emprendedores, sobre todo, muchos emprendedores: eso sí que da para un artículo entero y de los largos, así que aparco el tema. Sin embargo no escucho que haga falta optimismo, no escucho mensajes sobre las actitudes necesarias para transitar con éxito el duro camino que nos queda por recorrer. Porque de duro camino y de primera persona del plural sí que escucho mensajes.
Pero una sociedad sumida en la melancolía, una sociedad ante la depresión lo tiene mucho más difícil. La depresión es un trastorno que se caracteriza por sentimientos de abatimiento, infelicidad y culpabilidad; provoca incapacidad para disfrutar de los acontecimientos de la vida cotidiana y suele presentar un agotamiento que se ve reflejado en la falta de interés hacia uno mismo o incluso en desidia para la productividad. Del mismo modo que se habla de las inteligencias colectivas y del mismo modo que los grupos presentan comportamientos propios, se me ocurre que una sociedad pueda estar deprimida o ante la depresión, aunque la definición científica de este trastorno se refiera solamente al individuo.
“Buenos días ¿qué tal?” Un saludo convencional al que respondíamos con el no menos convencional “Muy bien ¿y tú?” aunque estuviésemos con una gripe de caballo o el coche nos hubiese regalado un imprevisto de los que dejan la cuenta bancaria si aliento. Sin embargo, parece que se van modificando las respuestas y el tradicional “Muy bien” ha evolucionado a “Buenoooo”, “Mmmm… No me puedo quejar” o “Para la que está cayendooo… bien”. Y es que comienza a invadirnos cierto pudor que nos impide decir “Muy bien”. Unas veces es esa especie de pudor; otras, es que hemos escuchado las noticias a primera hora de la mañana y resulta difícil remontar el ánimo. Merece la pena observar los saludos, en la tienda, en la barra del bar, en la calle: el optimismo está pasando de ser un valor a ser un signo de ostentación.
Esta crisis que comenzó como una desaceleración de la economía está durando demasiado, más de lo que una sociedad puede soportar sin que afecte a su comportamiento. Pero no es sólo un problema de tiempo: son los brotes verdes, los comienzos de recuperación, las luces al final del túnel, los recortes envueltos en reforma estructural, la pérdida de derechos con barniz de flexibilidad… No sólo es un problema de tiempo, es un problema de falta de confianza. Y he omitido conscientemente la corrupción: eso tan sólo es la guinda de un pastel demasiado indigesto.
Churchill ofreció la victoria en la II Guerra Mundial y prometió sangre, sudor y lágrimas y el pueblo sangró en los frentes, sudó en las fábricas y lloró bajo las bombas. Simplemente ni mintió ni utilizó eufemismos.
Aunque hoy sea poco popular decirlo, sigo manteniendo un cierto respeto, a veces admiración, por quienes dedican su vida a la política, comparta o no sus ideas. Y justo es reconocer que desde 2007 no ha sido precisamente fácil el ejercicio del gobierno en España. ¿Era preciso tomar decisiones impopulares? Sin duda. ¿Podían haber sido diferentes? Probablemente. Pero, en cualquier caso, las formas son importantes. Igual que siempre será mejor atendido “Un café, por favor” que ladrar “¡Un café!” Las formas importan, cimentan la convivencia: en la empresa, en la calle, en la familia y, desde luego, en el estilo de comunicación de los gobiernos. Hay sonrisas que enamoran, sonrisas que cautivan y sonrisas que insultan, como las que tantas veces hemos visto en las bancadas del Congreso y en ruedas de prensa y entrevistas cuando se han anunciado reformas muy duras para la ciudadanía.
Es posible, me faltan argumentos tanto para creerlo como para discutirlo, que el final de la crisis se otee en el horizonte. Siempre se avista tierra antes desde el palo mayor y el puente de mando que desde la cubierta. Quienes estamos en la cubierta y bajo ella sólo podemos creer. El optimismo y el trabajo de la marinería son imprescindibles para arribar a buen puerto y eso se consigue cuando se transmite confianza.
Es posible que se estén dando los factores macroeconómicos necesarios para que se inicie la recuperación, también parece -y cierto es que nos lo han avisado- que falta bastante para que esa tendencia se transmita a la economía real -cuesta no caer en el chiste fácil y preguntar si, por contraposición, lo que ahora comienza a ir bien es la economía irreal-. Pero para que esa recuperación realmente se active, además de generar confianza en los mercados, ¿no será necesario generar confianza en la sociedad?
Los gobiernos, además de tomar las decisiones estructurales y económicas que sean precisas, también deberían asumir la responsabilidad de generar confianza en la sociedad, aunque sea con sangre sudor y lágrimas. El optimismo es necesario para remontar los momentos difíciles. Y eso no lo están consiguiendo. Quizá, entre tanta reforma privatizadora, entre tanta delegación de responsabilidades gubernamentales en la ciudadanía, también la generación de optimismo se haya delegado exclusivamente en la ciudadanía. Y así el optimismo podrá volver, sin duda volverá, pero no la confianza.
Me cuesta creer en una recuperación sin una sociedad que confíe en sus gobiernos, en una recuperación con una sociedad ante la depresión, sin optimismo. Y en caso de que así sucediese, entonces no es la recuperación que quiero.
jueves, 24 de octubre de 2013
Virtudes patrias (I): las herencias recibidas
Mucho se ha hablado a lo largo de la gestión de esta crisis económica que nos azota sobre la necesidad de acometer reformas. Reformas de todo tipo: estructurales, laborales, fiscales, de la banca, del sistema de pensiones y de todo aquello que de alguna forma tenga que ver con el entramado económico del país. Sobre cómo se hayan llevado a cabo y sobre su repercusión social habría mucho que hablar, pero no es eso lo que hoy inspira estas líneas.
Ha amanecido lloviendo, el otoño por fin parece querer barrer los restos del verano. El otoño tiene fama de estación triste pero es, sin embargo, una estación con sabor a comienzo, a buenos propósitos: se acaba el letargo estival, porque en estas latitudes el letargo es más estival que invernal, comienza el curso, aparecen los coleccionables por fascículos y se inician planes, muchos planes. Y este año, además, el otoño comienza con anuncios de recuperación económica. Unos se lo creen más que otros; unos lo atribuyen a las reformas emprendidas, otros no.
Estos días lluviosos, íntimos invitan a la reflexión. Y entre los augurios de recuperación y la lista de reformas emprendidas me pregunto si alguien se acordado de la reforma de las actitudes. Porque Lehman Brothers, Bankia, el ladrillo, los activos tóxicos, las subprime, su prima -la de riesgo- y demás familia han sido como de casa: a todas horas presentes en todas las pantallas, de la televisión, del Facebook y del smartphone, en las conversaciones del café y de las cañas y quizá en alguna más. Tan presentes han estado que quizá nos hayan hecho olvidar que de tarde en tarde hay que mirarse en el espejo y no para repasar el orden de los cabellos, sino para mirarnos a los ojos y repasar el orden de las actitudes.
Y me pregunto si alguien se ha acordado de la reforma de las actitudes porque por muchas reformas estructurales que hagamos, mientras no cambiemos algunas de las conductas con las que afrontamos el devenir de nuestros días, España alcanzará la ansiada recuperación porque todas las tormentas pasan, pero nunca será ese país que todos deseamos. Nunca podrá medirse con esas democracias que están en la mente de muchos.
Los españoles somos generosos, heroicos a veces, solidarios, alegres, hospitalarios, imaginativos: somos un gran pueblo, dicho sea sin sombra de ironía. Pero al igual que Rodrigo Díaz y el hidalgo Alonso Quijano están en nuestro imaginario, también lo están Lázaro, don Pablos y la sociedad de Vetusta. Cara y cruz.
Haremos reformas estructurales, sí, pero si mantenemos nuestros hábitos picarescos, la maledicencia, la envidia y otras virtudes patrias, amén de nuestra particular manera de interpretar lo fiscal y lo político, difícilmente llegaremos a los estados de bienestar social tan deseados y admirados.
Cada una de nuestras características del lado oscuro daría para escribir no una página sino ciento. Pero en estos días, por motivos que no vienen al caso aunque algunos los intuyan, me llama particularmente la atención la gestión que hacemos del relevo o de la derrota y la victoria.
No deja de ser llamativo cómo cambia la conjugación –en lo que a persona se refiere- de los verbos según sean los resultados alcanzados: hemos ganado – han perdido. Y esto, más allá de la anécdota, indica una gran facilidad para desvincularnos del fracaso o de la contrariedad, con lo que conlleva de tendencia a eludir los esfuerzos colectivos para superar los resultados adversos.
Y tras cambiar el verbo de persona, la secuencia continúa con la búsqueda del culpable. Siempre se busca un culpable antes que analizar las causas de la contrariedad. Hallado el chivo expiatorio todo resulta más fácil aunque nunca lleguemos a saber qué ha ocasionado el fracaso.
Después, la limpia: todo lo anterior es necesariamente malo. Es preciso segar lo sembrado por el culpable sin reparar si en el sembrado todo es hierba fútil o si hay algunos feraces plantones.
Por último, la herencia recibida. Las dificultades, la debilidad y, a veces, la incapacidad se excusan con las herencias recibidas con la misma insistencia con la que los oficiales de las SS lo hicieron con la obediencia debida. Endeble liderazgo el que se construye desde el parapeto del pasado.
Y lo triste de esta caricatura de la muy hispana gestión de la derrota, la victoria o el relevo, no es la bajeza moral con la que en ocasiones se actúa, ni siquiera la debilidad que evidencia sino las consecuencias económicas y de obstáculo al progreso colectivo.
Este modus operandi tan nuestro conlleva dispendios en la destrucción y posterior creación de estructuras y procedimientos; un análisis deficiente o sesgado de los resultados adversos, clave de un futuro más halagüeño, y pérdida de conocimiento y capital humano. Algo que nuestras empresas, organizaciones e instituciones no deberían permitirse en aras del futuro próspero que deseamos tras este oscuro túnel que tan alto precio está costando a la sociedad española.
Ha amanecido lloviendo, el otoño por fin parece querer barrer los restos del verano. El otoño tiene fama de estación triste pero es, sin embargo, una estación con sabor a comienzo, a buenos propósitos: se acaba el letargo estival, porque en estas latitudes el letargo es más estival que invernal, comienza el curso, aparecen los coleccionables por fascículos y se inician planes, muchos planes. Y este año, además, el otoño comienza con anuncios de recuperación económica. Unos se lo creen más que otros; unos lo atribuyen a las reformas emprendidas, otros no.
Estos días lluviosos, íntimos invitan a la reflexión. Y entre los augurios de recuperación y la lista de reformas emprendidas me pregunto si alguien se acordado de la reforma de las actitudes. Porque Lehman Brothers, Bankia, el ladrillo, los activos tóxicos, las subprime, su prima -la de riesgo- y demás familia han sido como de casa: a todas horas presentes en todas las pantallas, de la televisión, del Facebook y del smartphone, en las conversaciones del café y de las cañas y quizá en alguna más. Tan presentes han estado que quizá nos hayan hecho olvidar que de tarde en tarde hay que mirarse en el espejo y no para repasar el orden de los cabellos, sino para mirarnos a los ojos y repasar el orden de las actitudes.
Y me pregunto si alguien se ha acordado de la reforma de las actitudes porque por muchas reformas estructurales que hagamos, mientras no cambiemos algunas de las conductas con las que afrontamos el devenir de nuestros días, España alcanzará la ansiada recuperación porque todas las tormentas pasan, pero nunca será ese país que todos deseamos. Nunca podrá medirse con esas democracias que están en la mente de muchos.
Los españoles somos generosos, heroicos a veces, solidarios, alegres, hospitalarios, imaginativos: somos un gran pueblo, dicho sea sin sombra de ironía. Pero al igual que Rodrigo Díaz y el hidalgo Alonso Quijano están en nuestro imaginario, también lo están Lázaro, don Pablos y la sociedad de Vetusta. Cara y cruz.
Haremos reformas estructurales, sí, pero si mantenemos nuestros hábitos picarescos, la maledicencia, la envidia y otras virtudes patrias, amén de nuestra particular manera de interpretar lo fiscal y lo político, difícilmente llegaremos a los estados de bienestar social tan deseados y admirados.
Cada una de nuestras características del lado oscuro daría para escribir no una página sino ciento. Pero en estos días, por motivos que no vienen al caso aunque algunos los intuyan, me llama particularmente la atención la gestión que hacemos del relevo o de la derrota y la victoria.
No deja de ser llamativo cómo cambia la conjugación –en lo que a persona se refiere- de los verbos según sean los resultados alcanzados: hemos ganado – han perdido. Y esto, más allá de la anécdota, indica una gran facilidad para desvincularnos del fracaso o de la contrariedad, con lo que conlleva de tendencia a eludir los esfuerzos colectivos para superar los resultados adversos.
Y tras cambiar el verbo de persona, la secuencia continúa con la búsqueda del culpable. Siempre se busca un culpable antes que analizar las causas de la contrariedad. Hallado el chivo expiatorio todo resulta más fácil aunque nunca lleguemos a saber qué ha ocasionado el fracaso.
Después, la limpia: todo lo anterior es necesariamente malo. Es preciso segar lo sembrado por el culpable sin reparar si en el sembrado todo es hierba fútil o si hay algunos feraces plantones.
Por último, la herencia recibida. Las dificultades, la debilidad y, a veces, la incapacidad se excusan con las herencias recibidas con la misma insistencia con la que los oficiales de las SS lo hicieron con la obediencia debida. Endeble liderazgo el que se construye desde el parapeto del pasado.
Y lo triste de esta caricatura de la muy hispana gestión de la derrota, la victoria o el relevo, no es la bajeza moral con la que en ocasiones se actúa, ni siquiera la debilidad que evidencia sino las consecuencias económicas y de obstáculo al progreso colectivo.
Este modus operandi tan nuestro conlleva dispendios en la destrucción y posterior creación de estructuras y procedimientos; un análisis deficiente o sesgado de los resultados adversos, clave de un futuro más halagüeño, y pérdida de conocimiento y capital humano. Algo que nuestras empresas, organizaciones e instituciones no deberían permitirse en aras del futuro próspero que deseamos tras este oscuro túnel que tan alto precio está costando a la sociedad española.
martes, 8 de octubre de 2013
"Sólo el que sabe es libre"
Cuando el aire de las mañanas empieza a sentirse fresco, el olor
cálido del café que escapa por la puerta entreabierta de las cafeterías resulta
evocador, acogedor.
- Buenos días.
- Buenos días. ¿Cortadito?
- Si, gracias, como siempre.
- ¿Tostadita?
- Hoy no, gracias. ¿El periódico…? (¿O
debería haber pedido el periodiquito?)
- Allí
- Vale, gracias.
Leo:“La juez de lo Mercantil y su marido,
también magistrado, cruzan denuncias”; “La Fiscalía lamenta que religiosas no
quieran colaborar en 12 casos de bebés robados”; “Se entrega tras matar a su
novia de 14 años en Lérida”; “La ONU enviará a Siria cien expertos en armas químicas”;
“Recuperados ya 231 cuerpos de las aguas de Lampedusa”. Sigo leyendo, cansado,
pero sigo leyendo: “El marido de Cospedal acumula cargos La
exministra en Iberdrola”; “Magdalena Álvarez declara por el caso de los ERE”; “Los recortes
llegan a las mutuas de los funcionarios”.
El informe PISA para adultos sitúa a
España en el último lugar en conocimientos matemáticos y en el penúltimo en
comprensión lectora.
¿En comprensión lectora? ¿Y no será
un mecanismo de defensa? Porque a mí casi se me corta la leche del cortado y
miren que es corta la cantidad.
Ironías aparte, quizá no deban
sorprender tanto estos datos en un país donde cada cambio de gobierno lleva aparejada
una nueva Ley de Educación.
Pero puestos a imaginar, en lugar de
un mecanismo de defensa -propio-, también podría ser un mecanismo de control -externo-.
En semejantes puestos del informe PISA, no es de extrañar que descifrar la
factura de la luz se convierta en misión imposible. Ni que extraer el verdadero
trasfondo de ciertas noticias y mucho menos compararlas con hechos históricos
sea algo al alcance de cada vez menos lectores.
“La educación es el arma más
poderosa que puedes usar para cambiar el mundo.” (Nelson Mandela) y “Sólo
el que sabe es libre, y más libre el que más sabe…Sólo la cultura da
libertad…No proclaméis la libertad de volar, sino dad alas; no la de pensar,
sino dad pensamiento. La libertad que hay que dar al pueblo es la cultura. ”
(Pablo Unamuno). Pero mientras, un poquito menos de historia, algo menos de
filosofía, menos aún de latín y del temario de Educación para la Ciudadanía
eliminamos las referencias a la pobreza en el mundo y la falta de acceso a la
educación como fuente de pobreza.
Nada que no se solucione
con introducir el emprendimiento en la escuela, que libertad y liberalismo (o
neoliberalismo ) proceden de la misma raíz. Y para el que no emprenda… Arbeit macht frei.


miércoles, 25 de septiembre de 2013
España a la cola de Europa en formación de trabajadores
Hace unos días, algunos diarios se ocupaban del congreso de la Asociación de Entidades Organizadoras de Formación Continua (AENOA). Los medios de comunicación han sido unánimes en el titular. La noticia no era tanto la celebración del congreso, como la información aportada en una de las ponencias: “España a la cola de Europa en formación continua de trabajadores”.
Un titular que, perdón por la ironía, me recuerda a otra noticia que acabo de escuchar: “este fin de semana comienza el otoño”. A veces se hace noticia de lo obvio, de lo sabido y de lo absolutamente predecible.
En 1993 comenzaba en España la andadura de la formación continua como sistema regulado. Se creó un sistema de gestión bipartito participado por los agentes sociales y económicos. El sistema en su concepción teórica fue alabado en varios ámbitos europeos y, especialmente, en el CEDEFOP.
Matizo en su concepción teórica porque, en la práctica, la bisoñez del sistema demostró algunas debilidades: nada que con los convenientes ajustes no pudiera solucionarse. Sin embargo, a lo largo de su relativamente corta singladura, lejos de corregir el rumbo, ha enrolado tripulación poco avezada en estos mares, ha soportado dos fuertes tormentas y ha padecido alguno de los “males endémicos” de nuestro solar patrio. Con tal diario de navegación las posibilidades de alcanzar buen puerto son escasas: el titular de la noticia es poco o nada novedoso.
Nuevos tripulantes
A partir de 1997, con objeto de dotar de mayor transparencia al sistema, se incorporó la Administración a través del INEM. Sin que deba entenderse como una particular aversión a lo público ni a la Administración (nada más lejos), lo cierto es que ésta suele caracterizarse por su falta de dinamismo y flexibilidad y su inmensa capacidad de burocratizar y ralentizar la gestión. Y así fue.
De sobra es conocida también la tradicional y muy hispánica lejanía del legislador de despacho con la realidad del objeto sobre el que legisla. Y entiéndase lejanía como la diferencia entre la norma basada en postulados teóricos y la casuística del trabajo práctico, sobre la que el legislador suele mostrar un profundo desconocimiento, cuando no desprecio.
Las tormentas
Dos sentencias: una del Tribunal Europeo de la Libre Competencia y otra del Constitucional Español, referentes respectivamente a la formación en empresas y a competencias autonómicas.
Independientemente del debido respeto a los tribunales, ninguna de las dos sentencias debería haber constituido problemas severos para el sistema, sino más bien oportunidades para la mejora.
La sentencia del Tribunal de la Libre Competencia propició la creación del llamado sistema de bonificaciones o formación de demanda con un diseño casi inviable en un tejido empresarial de las características del español. La del Constitucional impulsó las transferencias autonómicas en materia de formación continua, que sin suponer un hecho negativo en sí mismo, tampoco contribuyó a una mejora sustancial de la eficiencia del sistema como podría haber supuesto la descentralización.
Los ajustes originados por la crisis económica (o, mejor dicho, por la orientación ideológica de la gestión de la crisis) han potenciado el sistema de demanda (o bonificaciones) en detrimento de la formación de oferta. Las estadísticas que se publican ofrecen datos cuantitativos favorables para el sistema, pero son estadísticas donde están ausentes los conceptos: calidad, eficacia y eficiencia.
Los “males endémicos”
La formación continua como toda actividad incipiente generó expectativas y oportunidades de negocio, lo que no es intrínsecamente negativo. No, salvo que se impregne de la muy española cultura del dinero fácil y rápido, la cultura del “pelotazo”. Algunas empresas y fundaciones crearon sólidas y comprometidas estructuras profesionales, pero, al mismo tiempo, nacieron –y muchas subsisten- multitud de empresas dedicadas a la gestión de formación con poca ética y menos profesionalidad.
La abundancia de fondos destinados a la formación propició abusos y dispendios contra los que no se supo o no se quiso actuar con eficacia. Las únicas medidas que se diseñaron sólo consiguieron entorpecer la gestión eficiente: mayor burocracia y disminución de las partidas que podrían aportar calidad al sistema; mayor vigilancia del cumplimiento de las obligaciones administrativas y nulo o escaso seguimiento de la calidad y del impacto de la formación. Un escenario en el que se mueven con soltura los oportunistas y se desesperan los profesionales.
En estos tiempos de crisis en los que tanto hablamos de la necesaria mejora de la competitividad la formación es un elemento imprescindible. Sin embargo, el sistema es más ineficaz que nunca: sería difícil aventurar el porcentaje de fondos destinados a formación bonificada que se pierden en cursos inútiles (o inexistentes), cursos de los que solo llega al beneficiario un “regalo” por haber participado: es la dura realidad.
Mientras tanto, las estructuras profesionalizadas y comprometidas con la formación de calidad se destruyen y su capital humano se pierde. Mientras tanto, la necesaria mejora de la cualificación de los trabajadores no llega a las empresas. Y, mientras tanto, en la ponencia que origina el titular se identifica como causa de “estar a la cola de Europa” ¡¡el desconocimiento del sistema!! ¿Es que acaso queda alguna empresa en España que no haya sido visitada por un comercial que ofrece cursos de formación a distancia con una tablet de regalo?
No hace mucho el gobierno y los agentes económicos y sociales han reanudado las negociaciones del Acuerdo de Formación para el Empleo: es una oportunidad para analizar en profundidad el sistema y corregir sus desviaciones. Otra oportunidad…
Un titular que, perdón por la ironía, me recuerda a otra noticia que acabo de escuchar: “este fin de semana comienza el otoño”. A veces se hace noticia de lo obvio, de lo sabido y de lo absolutamente predecible.
En 1993 comenzaba en España la andadura de la formación continua como sistema regulado. Se creó un sistema de gestión bipartito participado por los agentes sociales y económicos. El sistema en su concepción teórica fue alabado en varios ámbitos europeos y, especialmente, en el CEDEFOP.
Matizo en su concepción teórica porque, en la práctica, la bisoñez del sistema demostró algunas debilidades: nada que con los convenientes ajustes no pudiera solucionarse. Sin embargo, a lo largo de su relativamente corta singladura, lejos de corregir el rumbo, ha enrolado tripulación poco avezada en estos mares, ha soportado dos fuertes tormentas y ha padecido alguno de los “males endémicos” de nuestro solar patrio. Con tal diario de navegación las posibilidades de alcanzar buen puerto son escasas: el titular de la noticia es poco o nada novedoso.
Nuevos tripulantes
A partir de 1997, con objeto de dotar de mayor transparencia al sistema, se incorporó la Administración a través del INEM. Sin que deba entenderse como una particular aversión a lo público ni a la Administración (nada más lejos), lo cierto es que ésta suele caracterizarse por su falta de dinamismo y flexibilidad y su inmensa capacidad de burocratizar y ralentizar la gestión. Y así fue.
De sobra es conocida también la tradicional y muy hispánica lejanía del legislador de despacho con la realidad del objeto sobre el que legisla. Y entiéndase lejanía como la diferencia entre la norma basada en postulados teóricos y la casuística del trabajo práctico, sobre la que el legislador suele mostrar un profundo desconocimiento, cuando no desprecio.
Las tormentas
Dos sentencias: una del Tribunal Europeo de la Libre Competencia y otra del Constitucional Español, referentes respectivamente a la formación en empresas y a competencias autonómicas.
Independientemente del debido respeto a los tribunales, ninguna de las dos sentencias debería haber constituido problemas severos para el sistema, sino más bien oportunidades para la mejora.
La sentencia del Tribunal de la Libre Competencia propició la creación del llamado sistema de bonificaciones o formación de demanda con un diseño casi inviable en un tejido empresarial de las características del español. La del Constitucional impulsó las transferencias autonómicas en materia de formación continua, que sin suponer un hecho negativo en sí mismo, tampoco contribuyó a una mejora sustancial de la eficiencia del sistema como podría haber supuesto la descentralización.
Los ajustes originados por la crisis económica (o, mejor dicho, por la orientación ideológica de la gestión de la crisis) han potenciado el sistema de demanda (o bonificaciones) en detrimento de la formación de oferta. Las estadísticas que se publican ofrecen datos cuantitativos favorables para el sistema, pero son estadísticas donde están ausentes los conceptos: calidad, eficacia y eficiencia.
Los “males endémicos”
La formación continua como toda actividad incipiente generó expectativas y oportunidades de negocio, lo que no es intrínsecamente negativo. No, salvo que se impregne de la muy española cultura del dinero fácil y rápido, la cultura del “pelotazo”. Algunas empresas y fundaciones crearon sólidas y comprometidas estructuras profesionales, pero, al mismo tiempo, nacieron –y muchas subsisten- multitud de empresas dedicadas a la gestión de formación con poca ética y menos profesionalidad.
La abundancia de fondos destinados a la formación propició abusos y dispendios contra los que no se supo o no se quiso actuar con eficacia. Las únicas medidas que se diseñaron sólo consiguieron entorpecer la gestión eficiente: mayor burocracia y disminución de las partidas que podrían aportar calidad al sistema; mayor vigilancia del cumplimiento de las obligaciones administrativas y nulo o escaso seguimiento de la calidad y del impacto de la formación. Un escenario en el que se mueven con soltura los oportunistas y se desesperan los profesionales.
En estos tiempos de crisis en los que tanto hablamos de la necesaria mejora de la competitividad la formación es un elemento imprescindible. Sin embargo, el sistema es más ineficaz que nunca: sería difícil aventurar el porcentaje de fondos destinados a formación bonificada que se pierden en cursos inútiles (o inexistentes), cursos de los que solo llega al beneficiario un “regalo” por haber participado: es la dura realidad.
Mientras tanto, las estructuras profesionalizadas y comprometidas con la formación de calidad se destruyen y su capital humano se pierde. Mientras tanto, la necesaria mejora de la cualificación de los trabajadores no llega a las empresas. Y, mientras tanto, en la ponencia que origina el titular se identifica como causa de “estar a la cola de Europa” ¡¡el desconocimiento del sistema!! ¿Es que acaso queda alguna empresa en España que no haya sido visitada por un comercial que ofrece cursos de formación a distancia con una tablet de regalo?
No hace mucho el gobierno y los agentes económicos y sociales han reanudado las negociaciones del Acuerdo de Formación para el Empleo: es una oportunidad para analizar en profundidad el sistema y corregir sus desviaciones. Otra oportunidad…
miércoles, 28 de agosto de 2013
Secuencias matutinas
Mérida, 7:57 horas, en la puerta de la oficina. En las mañanas de finales de agosto el sol está perezoso; quizá, cansado de tanto tostar cuerpos y dorar campos de cereal, ansía el descanso otoñal. A las ocho de la mañana sus rayos aún no han acabado de romper la penumbra en las calles.
Una rutina gris con olor a sábanas y café con leche parece envolver a los pocos transeúntes que tímidamente van despertando la calle.
Setenta y tantos años de trajín envueltos en una piel que no los disimula pasean un yorkshire. Unas barras de pan cruzan la calle abrazadas por un bata de guata. Un motor se queja y unos pasos rápidos caminan hacia alguna oficina. Una mirada que parece contar las baldosas de la acera camina bajo un pelo que se acuerda de la ducha. Una secuencia con pocas variaciones. Habitantes de una calle que despierta con movimientos ensayados.
A veces la secuencia se altera.
Un movimiento fluido, silencioso, limpio: una mujer, cuarenta y pocos años bien llevados sobre una bicicleta; tres o cuatro metros, una niña pedalea; apenas dos metros, un hombre también pedalea y tras él, en un transportín, otra niña, más pequeña.
A veces la secuencia se altera. Y se altera con una canción alegre y limpia. Con una canción que tiene letra de futuro, de un futuro mejor. De un futuro que habla de ciudades con otro guión. De calles con una secuencia con más color y menos gris.
Buenos días.
Una rutina gris con olor a sábanas y café con leche parece envolver a los pocos transeúntes que tímidamente van despertando la calle.
Setenta y tantos años de trajín envueltos en una piel que no los disimula pasean un yorkshire. Unas barras de pan cruzan la calle abrazadas por un bata de guata. Un motor se queja y unos pasos rápidos caminan hacia alguna oficina. Una mirada que parece contar las baldosas de la acera camina bajo un pelo que se acuerda de la ducha. Una secuencia con pocas variaciones. Habitantes de una calle que despierta con movimientos ensayados.
A veces la secuencia se altera.
Un movimiento fluido, silencioso, limpio: una mujer, cuarenta y pocos años bien llevados sobre una bicicleta; tres o cuatro metros, una niña pedalea; apenas dos metros, un hombre también pedalea y tras él, en un transportín, otra niña, más pequeña.
A veces la secuencia se altera. Y se altera con una canción alegre y limpia. Con una canción que tiene letra de futuro, de un futuro mejor. De un futuro que habla de ciudades con otro guión. De calles con una secuencia con más color y menos gris.
Buenos días.
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