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miércoles, 26 de marzo de 2014
Frases...
Son muchas y muy versadas las plumas que estos días surcan las páginas de nuestros diarios recordando la figura del primer Presidente de la más larga etapa democrática española. Demasiadas como para que me atreva a sumarme al sinfín de panegíricos. Sin embargo, el recuerdo del presidente Suárez me invita a la reflexión. Cuando una persona de su relevancia histórica nos abandona, mientras nos embargan unos sentimientos propios del luctuoso acontecimiento, otros nos invitan a comparar lo que ya es historia con nuestros días.
Aquellos años de mi adolescencia y del nacimiento de nuestra actual democracia, a los que ya me referí en este mismo blog, fueron tiempos de generosidad, de incertidumbres, de ilusión y, sobre todo, de visión de estado. Y de todas ellas pienso que estamos algo escasos excepto de una y no es la más positiva.
Y decía que la triste pérdida me invita a la reflexión. A la reflexión sobre las paradojas de las frases de aquellos tiempos y su posible significado en los de hoy.
Era frecuente escuchar a los más inmovilistas, a los nostálgicos del régimen precedente: “Si Franco levantara la cabeza…”: las estructuras que durante cuarenta años parecían inamovibles se desmoronaban como un terrón de azúcar. Una nueva España surgía ante la complacencia de algunos, la perplejidad de otros y con el empuje de muchos. Y creo que no andaría muy desacertado al imaginar que más de uno puede estar tentando de actualizar aquella frase, ahora en relación al difunto presidente. Y es que el terreno está abonado: un desempleo del veintiséis por ciento, una crisis económica que parece nunca acabar, derechos y prestaciones sociales en franco retroceso y un polícromo mosaico de corruptelas. Corruptelas que hoy podemos juzgar y, sobre todo, detectar; unos derechos y prestaciones que, sin duda habrá que recuperar o rediseñar, pero que tenían desde dónde descender para que estos aciagos años de crisis hayan sido razonablemente soportables. Corruptelas que no solo se juzgarán en los juzgados, sino también en las urnas; derechos que también se recompondrán en las urnas porque si de algo podemos estar seguros es de que no será necesaria otra manifestación como aquella del veinticuatro de febrero del ochenta y uno, que no es poco.
Sí. Si Suárez levantase la cabeza probablemente sonreiría entre feliz y preocupado. Con la sonrisa condescendiente del padre que ve crecer a sus hijos adolescentes con una mezcla de felicidad y miedo. La felicidad por los logros alcanzados y el miedo por los peligros que entraña el futuro. Ese futuro que a todos los padres atemoriza e ilusiona a la vez. Pero aquella España de los setenta poco tiene que ver con ésta y, con todas sus desdichas, me quedo con la de hoy, que tiempo y maneras habrá de enderezarla porque "El futuro no está escrito, porque sólo el pueblo puede escribirlo" (Presentación del proyecto de ley de la Reforma Política, 10 de octubre de 1976).
Quizá una de las aportaciones de Adolfo Suárez que más está siendo reconocida es su voluntad de consenso. Ya, en 1969, declaraba sus principios en una frase, probablemente inspirada en una muy similar de un célebre discurso del presidente Kennedy: “Agradeceré que busquen siempre las cosas que les unen y dialoguen con serenidad y espíritu de justicia sobre aquellas que les separan”. Y consenso o, al menos, suma de voluntades es lo que hoy España necesita, aunque algunos, quizá los mismos que gustan de esgrimir eso de “…si levantara la cabeza…”, se rasguen las vestiduras ante la foto en la que se ve sentados en la misma mesa a los agentes sociales y al Gobierno. Un paso que creo que muchos esperábamos y que parece molestar o escandalizar a otros.
Probablemente, hoy no se atrevería a decir aquello de "Elevar a la categoría política de normal, lo que a nivel de calle es plenamente normal". Porque hoy a nivel de calle lo normal es el hastío, el pesimismo, la desilusión y la desconfianza y es que la calle lo que quiere oír es “Puedo prometer y prometo” y, además, le gustaría poder creérselo.
Lo que seguro que no imaginaba el presidente es cómo sonaría hoy una frase de su mensaje de Navidad de 1980: "Brindo por el pueblo español, esperando que tenga unos dirigentes mejores que los que actualmente posee". Y es que hay frases intemporales.
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martes, 7 de enero de 2014
Formación, cotizaciones y ¿solidaridad?
Apenas ha cesado el eco de los peces que vuelven y vuelven a beber y de los pastorcillos que van a Belén y aún dura la resaca de buenos deseos consustancial a estas fechas cuando las declaraciones del presidente de CEOE le hacen despertar a uno de golpe.
Afirma Joan Rosell que la Fundación Tripartita para la Formación en el Empleo es un modelo agotado que debe desaparecer. Es claro que el modelo debe reajustarse pero de ahí a desmantelar un sistema va mucho. Es incomprensible el afán por destruir estructuras creadas con dinero público en lugar de realizar los cambios necesarios para que alcancen la eficiencia deseada. Optar por la destrucción en lugar de por el cambio de diseño es optar por el dispendio y eso, en un escenario de crisis económica, roza el absurdo si no la inmoralidad.
Pero no es esa propuesta de cierre de la Fundación Tripartita lo que me parece más grave de las declaraciones del presidente de CEOE. Ese hipotético cierre no deja de ser una propuesta operativa. Lo realmente preocupante es la propuesta ideológica porque o leo demasiado entre líneas o hay mucha ideología en esas declaraciones.
Rosell plantea que los fondos de formación provenientes de las cotizaciones para tal fin se destinen únicamente a trabajadores en activo y que, además, sean gestionados por las empresas puesto que "si el dinero es nuestro es lógico que nosotros lo controlemos".
Tanto impuestos como cotizaciones, con sus diferencias, son elementos de redistribución de la riqueza. El “Yo cotizo, yo me lo gestiono” es el inicio de la quiebra del estado del bienestar. Pero la insolidaridad que esconde la propuesta no acaba ahí: la CEOE exige que todos los fondos de las cotizaciones por formación se destinen a trabajadores en activo y que la formación de desempleados se financie con otros fondos. Y la exigencia tiene lugar en un momento en el que más del veinticinco por ciento de la población está en desempleo.
Resumiendo: lo que las empresas coticen que lo gestionen las empresas y a los trabajadores en desempleo que los formen con fondos de todos… ¿Cuál será el siguiente paso?
Y lo malo es que la respuesta del Gobierno es más bien tibia y, en todo caso, parecen preocuparle más los escándalos destapados en la gestión de los fondos de formación que la esencia del modelo propuesto por la organización patronal. Y, mientras, otros que tienen mucho que decir sobre estos temas callan o no se les oye…
Afirma Joan Rosell que la Fundación Tripartita para la Formación en el Empleo es un modelo agotado que debe desaparecer. Es claro que el modelo debe reajustarse pero de ahí a desmantelar un sistema va mucho. Es incomprensible el afán por destruir estructuras creadas con dinero público en lugar de realizar los cambios necesarios para que alcancen la eficiencia deseada. Optar por la destrucción en lugar de por el cambio de diseño es optar por el dispendio y eso, en un escenario de crisis económica, roza el absurdo si no la inmoralidad.
Pero no es esa propuesta de cierre de la Fundación Tripartita lo que me parece más grave de las declaraciones del presidente de CEOE. Ese hipotético cierre no deja de ser una propuesta operativa. Lo realmente preocupante es la propuesta ideológica porque o leo demasiado entre líneas o hay mucha ideología en esas declaraciones.
Rosell plantea que los fondos de formación provenientes de las cotizaciones para tal fin se destinen únicamente a trabajadores en activo y que, además, sean gestionados por las empresas puesto que "si el dinero es nuestro es lógico que nosotros lo controlemos".
Tanto impuestos como cotizaciones, con sus diferencias, son elementos de redistribución de la riqueza. El “Yo cotizo, yo me lo gestiono” es el inicio de la quiebra del estado del bienestar. Pero la insolidaridad que esconde la propuesta no acaba ahí: la CEOE exige que todos los fondos de las cotizaciones por formación se destinen a trabajadores en activo y que la formación de desempleados se financie con otros fondos. Y la exigencia tiene lugar en un momento en el que más del veinticinco por ciento de la población está en desempleo.
Resumiendo: lo que las empresas coticen que lo gestionen las empresas y a los trabajadores en desempleo que los formen con fondos de todos… ¿Cuál será el siguiente paso?
Y lo malo es que la respuesta del Gobierno es más bien tibia y, en todo caso, parecen preocuparle más los escándalos destapados en la gestión de los fondos de formación que la esencia del modelo propuesto por la organización patronal. Y, mientras, otros que tienen mucho que decir sobre estos temas callan o no se les oye…
lunes, 11 de noviembre de 2013
Ante la depresión
Juan Antonio Vallejo Nágera fue psiquiatra, escritor de ensayo y novela y pintor naif. Para unos fue generador de libros exitosos y para otros, gran divulgador. Recuerdo con agrado Locos egregios y Yo, el rey, pero no lo cito para analizar su obra, que sería pretencioso y atrevido por mi parte, sino para pedir disculpas por plagiar el título de uno de sus libros: Ante la depresión.Y es que no encontraba mejor título para este artículo fruto de un repaso a la corta andadura de este blog. Reviso cada uno de los artículos y en buena parte encuentro contenido crítico, muchas veces no exento de negatividad. Y ni mucho menos se trata de hacer acto de contrición: el blog nació para compartir opiniones y vivencias y los tiempos que corren me han llevado por esos derroteros sin que en ningún momento me haya abandonado el deseo, cada día mayor, de compartir ocurrencias más alegres. Porque de eso estamos muy necesitados: de alegría y más aún que de alegría, de optimismo.
Para salir de esta crisis, dicen, hacen falta reformas y no creo que pueda ponerse en duda. Otro asunto es la orientación de las reformas. También hacen falta emprendedores, sobre todo, muchos emprendedores: eso sí que da para un artículo entero y de los largos, así que aparco el tema. Sin embargo no escucho que haga falta optimismo, no escucho mensajes sobre las actitudes necesarias para transitar con éxito el duro camino que nos queda por recorrer. Porque de duro camino y de primera persona del plural sí que escucho mensajes.
Pero una sociedad sumida en la melancolía, una sociedad ante la depresión lo tiene mucho más difícil. La depresión es un trastorno que se caracteriza por sentimientos de abatimiento, infelicidad y culpabilidad; provoca incapacidad para disfrutar de los acontecimientos de la vida cotidiana y suele presentar un agotamiento que se ve reflejado en la falta de interés hacia uno mismo o incluso en desidia para la productividad. Del mismo modo que se habla de las inteligencias colectivas y del mismo modo que los grupos presentan comportamientos propios, se me ocurre que una sociedad pueda estar deprimida o ante la depresión, aunque la definición científica de este trastorno se refiera solamente al individuo.
“Buenos días ¿qué tal?” Un saludo convencional al que respondíamos con el no menos convencional “Muy bien ¿y tú?” aunque estuviésemos con una gripe de caballo o el coche nos hubiese regalado un imprevisto de los que dejan la cuenta bancaria si aliento. Sin embargo, parece que se van modificando las respuestas y el tradicional “Muy bien” ha evolucionado a “Buenoooo”, “Mmmm… No me puedo quejar” o “Para la que está cayendooo… bien”. Y es que comienza a invadirnos cierto pudor que nos impide decir “Muy bien”. Unas veces es esa especie de pudor; otras, es que hemos escuchado las noticias a primera hora de la mañana y resulta difícil remontar el ánimo. Merece la pena observar los saludos, en la tienda, en la barra del bar, en la calle: el optimismo está pasando de ser un valor a ser un signo de ostentación.
Esta crisis que comenzó como una desaceleración de la economía está durando demasiado, más de lo que una sociedad puede soportar sin que afecte a su comportamiento. Pero no es sólo un problema de tiempo: son los brotes verdes, los comienzos de recuperación, las luces al final del túnel, los recortes envueltos en reforma estructural, la pérdida de derechos con barniz de flexibilidad… No sólo es un problema de tiempo, es un problema de falta de confianza. Y he omitido conscientemente la corrupción: eso tan sólo es la guinda de un pastel demasiado indigesto.
Churchill ofreció la victoria en la II Guerra Mundial y prometió sangre, sudor y lágrimas y el pueblo sangró en los frentes, sudó en las fábricas y lloró bajo las bombas. Simplemente ni mintió ni utilizó eufemismos.
Aunque hoy sea poco popular decirlo, sigo manteniendo un cierto respeto, a veces admiración, por quienes dedican su vida a la política, comparta o no sus ideas. Y justo es reconocer que desde 2007 no ha sido precisamente fácil el ejercicio del gobierno en España. ¿Era preciso tomar decisiones impopulares? Sin duda. ¿Podían haber sido diferentes? Probablemente. Pero, en cualquier caso, las formas son importantes. Igual que siempre será mejor atendido “Un café, por favor” que ladrar “¡Un café!” Las formas importan, cimentan la convivencia: en la empresa, en la calle, en la familia y, desde luego, en el estilo de comunicación de los gobiernos. Hay sonrisas que enamoran, sonrisas que cautivan y sonrisas que insultan, como las que tantas veces hemos visto en las bancadas del Congreso y en ruedas de prensa y entrevistas cuando se han anunciado reformas muy duras para la ciudadanía.
Es posible, me faltan argumentos tanto para creerlo como para discutirlo, que el final de la crisis se otee en el horizonte. Siempre se avista tierra antes desde el palo mayor y el puente de mando que desde la cubierta. Quienes estamos en la cubierta y bajo ella sólo podemos creer. El optimismo y el trabajo de la marinería son imprescindibles para arribar a buen puerto y eso se consigue cuando se transmite confianza.
Es posible que se estén dando los factores macroeconómicos necesarios para que se inicie la recuperación, también parece -y cierto es que nos lo han avisado- que falta bastante para que esa tendencia se transmita a la economía real -cuesta no caer en el chiste fácil y preguntar si, por contraposición, lo que ahora comienza a ir bien es la economía irreal-. Pero para que esa recuperación realmente se active, además de generar confianza en los mercados, ¿no será necesario generar confianza en la sociedad?
Los gobiernos, además de tomar las decisiones estructurales y económicas que sean precisas, también deberían asumir la responsabilidad de generar confianza en la sociedad, aunque sea con sangre sudor y lágrimas. El optimismo es necesario para remontar los momentos difíciles. Y eso no lo están consiguiendo. Quizá, entre tanta reforma privatizadora, entre tanta delegación de responsabilidades gubernamentales en la ciudadanía, también la generación de optimismo se haya delegado exclusivamente en la ciudadanía. Y así el optimismo podrá volver, sin duda volverá, pero no la confianza.
Me cuesta creer en una recuperación sin una sociedad que confíe en sus gobiernos, en una recuperación con una sociedad ante la depresión, sin optimismo. Y en caso de que así sucediese, entonces no es la recuperación que quiero.
martes, 5 de noviembre de 2013
Caiga quien caiga
Escribo rápido, será un artículo breve. No quiero que las noticias me lo estropeen. Los datos de empleo -o del paro- se publicarán pronto. Pero no es el empleo sino las actitudes las que motivan estas líneas.
Las redes sociales son un magnífico escaparate de actitudes: en ellas todos opinamos, deseamos, expresamos. Y expresando dejamos intuir incluso lo que no queríamos expresar. Así es la comunicación: apasionante y, a veces, traicionera.
Ayer y hoy se cuentan por decenas los post en las redes sociales que vaticinan o dejan entrever un resultado negativo de los datos de empleo y lo hacen con un soterrado pero demasiado evidente triunfalismo: un dato negativo en el empleo es negativo, se mire como se mire, y un dato positivo es positivo. Es cierto que tales resultados hay que interpretarlos en términos de calidad del empleo, de tendencias, explorar causas y consecuencias, comparar datos de empleo con datos de afiliación a la Seguridad Social y obtener todo tipo de conclusiones.
No comparto las políticas económica ni laboral de este Gobierno, sobre ello he escrito y sin rubor lo manifiesto. Pero no puedo dejar de sorprenderme, más bien de indignarme, cuando desde las alturas de un empleo estable algunos muestran con mayor o menor expresividad su alborozo ante el posible mal dato de empleo.
Solo alcanzo a imaginar dos explicaciones: o bien ansían el cataclismo final para poder hacer sus políticas, caiga quien caiga en el camino; o bien han perdido el norte y cualquier fracaso del contrario es bienvenido, caiga quien caiga en el camino. Porque el norte de un político -en una democracia- o de un sindicalista, sea cual sea su ideología, es el bienestar de los ciudadanos. Aunque bien sabemos que alcanzadas algunas latitudes del poder las brújulas tienden a marcar datos erróneos.
Quien desde las alturas de un empleo estable, en estos tiempos, muestre tan solo un atisbo de satisfacción ante un posible mal dato de empleo tiene una grave ausencia de empatía con los verdaderos protagonistas del dato: los desempleados.
jueves, 24 de octubre de 2013
Virtudes patrias (I): las herencias recibidas
Mucho se ha hablado a lo largo de la gestión de esta crisis económica que nos azota sobre la necesidad de acometer reformas. Reformas de todo tipo: estructurales, laborales, fiscales, de la banca, del sistema de pensiones y de todo aquello que de alguna forma tenga que ver con el entramado económico del país. Sobre cómo se hayan llevado a cabo y sobre su repercusión social habría mucho que hablar, pero no es eso lo que hoy inspira estas líneas.
Ha amanecido lloviendo, el otoño por fin parece querer barrer los restos del verano. El otoño tiene fama de estación triste pero es, sin embargo, una estación con sabor a comienzo, a buenos propósitos: se acaba el letargo estival, porque en estas latitudes el letargo es más estival que invernal, comienza el curso, aparecen los coleccionables por fascículos y se inician planes, muchos planes. Y este año, además, el otoño comienza con anuncios de recuperación económica. Unos se lo creen más que otros; unos lo atribuyen a las reformas emprendidas, otros no.
Estos días lluviosos, íntimos invitan a la reflexión. Y entre los augurios de recuperación y la lista de reformas emprendidas me pregunto si alguien se acordado de la reforma de las actitudes. Porque Lehman Brothers, Bankia, el ladrillo, los activos tóxicos, las subprime, su prima -la de riesgo- y demás familia han sido como de casa: a todas horas presentes en todas las pantallas, de la televisión, del Facebook y del smartphone, en las conversaciones del café y de las cañas y quizá en alguna más. Tan presentes han estado que quizá nos hayan hecho olvidar que de tarde en tarde hay que mirarse en el espejo y no para repasar el orden de los cabellos, sino para mirarnos a los ojos y repasar el orden de las actitudes.
Y me pregunto si alguien se ha acordado de la reforma de las actitudes porque por muchas reformas estructurales que hagamos, mientras no cambiemos algunas de las conductas con las que afrontamos el devenir de nuestros días, España alcanzará la ansiada recuperación porque todas las tormentas pasan, pero nunca será ese país que todos deseamos. Nunca podrá medirse con esas democracias que están en la mente de muchos.
Los españoles somos generosos, heroicos a veces, solidarios, alegres, hospitalarios, imaginativos: somos un gran pueblo, dicho sea sin sombra de ironía. Pero al igual que Rodrigo Díaz y el hidalgo Alonso Quijano están en nuestro imaginario, también lo están Lázaro, don Pablos y la sociedad de Vetusta. Cara y cruz.
Haremos reformas estructurales, sí, pero si mantenemos nuestros hábitos picarescos, la maledicencia, la envidia y otras virtudes patrias, amén de nuestra particular manera de interpretar lo fiscal y lo político, difícilmente llegaremos a los estados de bienestar social tan deseados y admirados.
Cada una de nuestras características del lado oscuro daría para escribir no una página sino ciento. Pero en estos días, por motivos que no vienen al caso aunque algunos los intuyan, me llama particularmente la atención la gestión que hacemos del relevo o de la derrota y la victoria.
No deja de ser llamativo cómo cambia la conjugación –en lo que a persona se refiere- de los verbos según sean los resultados alcanzados: hemos ganado – han perdido. Y esto, más allá de la anécdota, indica una gran facilidad para desvincularnos del fracaso o de la contrariedad, con lo que conlleva de tendencia a eludir los esfuerzos colectivos para superar los resultados adversos.
Y tras cambiar el verbo de persona, la secuencia continúa con la búsqueda del culpable. Siempre se busca un culpable antes que analizar las causas de la contrariedad. Hallado el chivo expiatorio todo resulta más fácil aunque nunca lleguemos a saber qué ha ocasionado el fracaso.
Después, la limpia: todo lo anterior es necesariamente malo. Es preciso segar lo sembrado por el culpable sin reparar si en el sembrado todo es hierba fútil o si hay algunos feraces plantones.
Por último, la herencia recibida. Las dificultades, la debilidad y, a veces, la incapacidad se excusan con las herencias recibidas con la misma insistencia con la que los oficiales de las SS lo hicieron con la obediencia debida. Endeble liderazgo el que se construye desde el parapeto del pasado.
Y lo triste de esta caricatura de la muy hispana gestión de la derrota, la victoria o el relevo, no es la bajeza moral con la que en ocasiones se actúa, ni siquiera la debilidad que evidencia sino las consecuencias económicas y de obstáculo al progreso colectivo.
Este modus operandi tan nuestro conlleva dispendios en la destrucción y posterior creación de estructuras y procedimientos; un análisis deficiente o sesgado de los resultados adversos, clave de un futuro más halagüeño, y pérdida de conocimiento y capital humano. Algo que nuestras empresas, organizaciones e instituciones no deberían permitirse en aras del futuro próspero que deseamos tras este oscuro túnel que tan alto precio está costando a la sociedad española.
Ha amanecido lloviendo, el otoño por fin parece querer barrer los restos del verano. El otoño tiene fama de estación triste pero es, sin embargo, una estación con sabor a comienzo, a buenos propósitos: se acaba el letargo estival, porque en estas latitudes el letargo es más estival que invernal, comienza el curso, aparecen los coleccionables por fascículos y se inician planes, muchos planes. Y este año, además, el otoño comienza con anuncios de recuperación económica. Unos se lo creen más que otros; unos lo atribuyen a las reformas emprendidas, otros no.
Estos días lluviosos, íntimos invitan a la reflexión. Y entre los augurios de recuperación y la lista de reformas emprendidas me pregunto si alguien se acordado de la reforma de las actitudes. Porque Lehman Brothers, Bankia, el ladrillo, los activos tóxicos, las subprime, su prima -la de riesgo- y demás familia han sido como de casa: a todas horas presentes en todas las pantallas, de la televisión, del Facebook y del smartphone, en las conversaciones del café y de las cañas y quizá en alguna más. Tan presentes han estado que quizá nos hayan hecho olvidar que de tarde en tarde hay que mirarse en el espejo y no para repasar el orden de los cabellos, sino para mirarnos a los ojos y repasar el orden de las actitudes.
Y me pregunto si alguien se ha acordado de la reforma de las actitudes porque por muchas reformas estructurales que hagamos, mientras no cambiemos algunas de las conductas con las que afrontamos el devenir de nuestros días, España alcanzará la ansiada recuperación porque todas las tormentas pasan, pero nunca será ese país que todos deseamos. Nunca podrá medirse con esas democracias que están en la mente de muchos.
Los españoles somos generosos, heroicos a veces, solidarios, alegres, hospitalarios, imaginativos: somos un gran pueblo, dicho sea sin sombra de ironía. Pero al igual que Rodrigo Díaz y el hidalgo Alonso Quijano están en nuestro imaginario, también lo están Lázaro, don Pablos y la sociedad de Vetusta. Cara y cruz.
Haremos reformas estructurales, sí, pero si mantenemos nuestros hábitos picarescos, la maledicencia, la envidia y otras virtudes patrias, amén de nuestra particular manera de interpretar lo fiscal y lo político, difícilmente llegaremos a los estados de bienestar social tan deseados y admirados.
Cada una de nuestras características del lado oscuro daría para escribir no una página sino ciento. Pero en estos días, por motivos que no vienen al caso aunque algunos los intuyan, me llama particularmente la atención la gestión que hacemos del relevo o de la derrota y la victoria.
No deja de ser llamativo cómo cambia la conjugación –en lo que a persona se refiere- de los verbos según sean los resultados alcanzados: hemos ganado – han perdido. Y esto, más allá de la anécdota, indica una gran facilidad para desvincularnos del fracaso o de la contrariedad, con lo que conlleva de tendencia a eludir los esfuerzos colectivos para superar los resultados adversos.
Y tras cambiar el verbo de persona, la secuencia continúa con la búsqueda del culpable. Siempre se busca un culpable antes que analizar las causas de la contrariedad. Hallado el chivo expiatorio todo resulta más fácil aunque nunca lleguemos a saber qué ha ocasionado el fracaso.
Después, la limpia: todo lo anterior es necesariamente malo. Es preciso segar lo sembrado por el culpable sin reparar si en el sembrado todo es hierba fútil o si hay algunos feraces plantones.
Por último, la herencia recibida. Las dificultades, la debilidad y, a veces, la incapacidad se excusan con las herencias recibidas con la misma insistencia con la que los oficiales de las SS lo hicieron con la obediencia debida. Endeble liderazgo el que se construye desde el parapeto del pasado.
Y lo triste de esta caricatura de la muy hispana gestión de la derrota, la victoria o el relevo, no es la bajeza moral con la que en ocasiones se actúa, ni siquiera la debilidad que evidencia sino las consecuencias económicas y de obstáculo al progreso colectivo.
Este modus operandi tan nuestro conlleva dispendios en la destrucción y posterior creación de estructuras y procedimientos; un análisis deficiente o sesgado de los resultados adversos, clave de un futuro más halagüeño, y pérdida de conocimiento y capital humano. Algo que nuestras empresas, organizaciones e instituciones no deberían permitirse en aras del futuro próspero que deseamos tras este oscuro túnel que tan alto precio está costando a la sociedad española.
jueves, 10 de octubre de 2013
Símbolo OEX
Demasiados símbolos, mi querida OEX.
El escenario del Palacio de Congresos estaba repleto. Tocaban la Orquesta de Extremadura y la Orquesta Joven unidas en una inmensa Sexta Sinfonía de Mahler. Como inmensa era la emoción de los aplausos que hicieron vibrar las estructuras del Palacio y anudaron más de una garganta durante varios minutos. La interpretación fue buena, muy buena, quizá magistral, no lo sé porque, sinceramente, no disfruté del concierto. Aquellos aplausos no eran sólo un premio, eran despedida, reivindicación, rabia, esperanza porque el acorde final de la Sexta sonaba más a final que nunca. Era el 5 de julio de 2012.
Aquel 5 de julio era el colofón de una temporada convulsa, llena de incertidumbres y despropósitos políticos, con su acorde final como la Sexta “… y, chimpún, se acabó la orquesta.” (Presidente del Gobierno de Extremadura), solo que en lugar de a sinfonía este acorde sonaba a fanfarria chulapona, prepotente y desafinada.
Y mientras algunos quitaban importancia a la cosa porque al fin y al cabo “…está compuesta por gente del este” (Consejero de Economía), los músicos y sus familias, algunos, pocos, extremeños y los demás, del este, del oeste, del norte o del sur, inmigrantes en Extremadura, dejan en esta tierra su consumo, sus impuestos y su música y, sobre todo, sus vidas que un día decidieron construir en este solar.
Se sucedieron las reuniones y las movilizaciones y quedaba esperar la fumata de la última reunión para saber si Extremadura seguía teniendo orquesta o si cincuenta músicos se iban con su música -y su empleo- a otra parte.
El humo fue gris claro aunque, después de lo pasado, tuvo sabor a fumata blanca: la temporada sería más modesta y los integrantes de la orquesta se reducirían el salario.
Dice el diccionario que un símbolo es aquello que representa una realidad o un concepto por analogía o por convención en virtud de los rasgos que se asocian a tal realidad o concepto. La Orquesta de Extremadura se convirtió en símbolo de demasiadas realidades durante aquella temporada 2011 – 2012 porque simbolizó lo que sucede cuando se aúnan bisoñez, poder, ansia de revancha y escasa sensibilidad por la cultura en un gobierno; fue símbolo de profesionalidad, interpretando magistralmente aun en medio de la tormenta; simbolizó el poder de la constancia, de la movilización y de la razón. Fue símbolo del cariño de la sociedad extremeña por una de sus instituciones culturales, símbolo del apoyo ciudadano.
Símbolo de la solidaridad entre orquestas de toda España, que se mantiene. El 23 de septiembre lo revivimos en la Plaza de la Soledad de Badajoz y, simultáneamente, en muchas ciudades de España.
En medio de la orgía de ajustes y recortes, la OEX fue para muchos un último símbolo de resistencia. Había quién decía: “Como nos la quiten también..."; “Por lo menos la Orquesta que no caiga…”
Simbolizó también los riesgos de una ideología: “si quieren cultura que la paguen” y constituyó un ejemplo inequívoco de quién paga sea quien sea el artífice del problema, porque ni los músicos originaron la crisis -como no la ha originado la mayoría de la sociedad- ni decidieron cómo se gestionaba la OEX, pero sí fueron los que estuvieron en situación de expediente de regulación de empleo y sí han sido los que han visto reducido su salario.
Pero la Orquesta de Extremadura también es y seguirá siendo un símbolo del progreso que la actividad cultural extremeña ha experimentado en las últimas décadas. Aún recuerdo la avidez con la que corríamos a comprar las entradas del López cuando se anunciaba la presencia de una orquesta, fuese cual fuese su calidad y renombre. O las escapadas -cuando se podía- al Auditorio Nacional, si es que se quería disfrutar de música en directo. Entonces, pocos pensábamos en que Extremadura tuviese su propia temporada de conciertos con una orquesta propia. Una Orquesta capaz de codearse con cualquiera, con su historial de grabaciones, algunas extraordinarias -no me canso de escuchar el Concierto para Violín de Freitas Branco con Da Costa como solista-. Pocos pensábamos en escuchar a Ara Malikian, a Joaquín Achúcarro o a María Joao Pires acompañados por nuestra orquesta; ni a Ros Marbá o a Cristóbal Halffter dirigiéndola.
Sí, demasiados símbolos en el pentagrama de aquella temporada 2011-2012. Demasiadas fusas y corcheas que nadie deseaba para llenar un compás que no necesitaba más que una nota redonda y plena de progreso y madurez cultural. La temporada pasada transcurrió sin sobresaltos y hoy comienza otra. ¡Que la Orquesta de Extremadura siga así, sin demasiados símbolos, que con su calidad no los necesita!
miércoles, 2 de octubre de 2013
Honestidad y lenguaje en tiempos de crisis
El primer post de Facebook que leía esta mañana hablaba de tristeza. De la tristeza que provoca la emigración. Porque cuando uno parte en busca de trabajo hacia tierras más o menos lejanas se llama emigrar.
Pero no es de emigración de lo que pensaba escribir, sino de honestidad. Otra vez: hace poco escribía sobre honestidad cuando rememoraba la olla aranesa, hablaba de la honestidad de un guiso. Quizá su relectura me cause cierto sonrojo pues temo haber banalizado el término hablando de temas tan prosaicos cuando lo deshonesto inunda tantas cuestiones mucho más trascendentes.
No sabría decir si la ciudadanía española está desesperanzada, cabreada, deprimida, de todo un poco o si unos, una cosa y otros, otra. Pero de lo que estoy casi seguro es de que el sentimiento de hartazgo ante la manipulación descarada de la información y del lenguaje es general. O dicho de forma más ramplona: harta de la tomadura de pelo.
La gran mayoría de los españoles no merece pagar el precio que está pagando por esta crisis. Pero sea porque no haya más remedio, sea porque en esta tierra se escribió El Quijote y algo de carácter imprime, sea porque se haya instaurado cierto conformismo o sea por cualquier otro motivo, lo cierto es que la ciudadanía paga y aguanta. También la ciudadanía puede haber aceptado la necesidad de muchos ajustes; otra cuestión es la forma y la orientación de esas reformas. Pero nada de ello debería ser óbice para que sea tratada con respeto.
Y con respeto me refiero a no ser engañada ni tratada por imbécil. Esta misma mañana en la emisora estatal se afirmaba que el paro, este mes de septiembre, "ha subido un sesenta y dos por ciento menos que el septiembre pasado". Así, si quiere usted saber el dato objetivo, primero averigüe el porcentaje de septiembre de 2012, luego halle el sesenta y dos por ciento de ese porcentaje, reste… y siga operando hasta que encuentre el dato buscado, suponiendo que no se haya aburrido antes. Pero un sesenta y dos por ciento menos que el septiembre pasado suena mejor que 25.572 parados más ¿no? Dado el dato ya se podrían hacer valoraciones y comparaciones pero primero lo objetivo y después lo subjetivo, al menos eso sería lo honesto.
Igual que movilidad exterior -así lo denominó la ministra- para referirse a la emigración no es un eufemismo y mucho menos, un tecnicismo: es una falta de respeto a todos los españoles y, muy especialmente, a quienes han tenido que emigrar y a sus familias. Y para endulzar un poco más el eufemismo, algunos cantan las ventajas de la movilidad en términos de enriquecimiento personal y experiencia. No pueden ponerse en duda esos argumentos: conocer otras realidades enriquece, pero es la persona quien debe elegir el momento y no las circunstancias.
Si hay que emigrar, se emigra. Si hay que reformar las pensiones, se reforman, pero un IPC del 1,5 % y una subida del 0,25% es una bajada en cualquier tierra donde el pan se llama pan y el vino se llama vino. Esa misma tierra que tiene un idioma que llama caridad a la caridad y solidaridad a la solidaridad, porque no son lo mismo; un idioma que llama recesión al crecimiento negativo, porque lo de crecer hacia abajo está complicado; un idioma que llama subir –los impuestos- al gravamen adicional o que llama abaratar –el despido- a flexibilizar el mercado laboral.
La situación es complicada, muy complicada. Hacer política (política de verdad) en estas circunstancias es difícil, muy difícil, pero respetar no es tan difícil, tan solo requiere honestidad –y humanidad- .
Y si eso es difícil de entender, entonces hay que practicar movilidad política… que puestos a ser finos, también sabemos.
Pero no es de emigración de lo que pensaba escribir, sino de honestidad. Otra vez: hace poco escribía sobre honestidad cuando rememoraba la olla aranesa, hablaba de la honestidad de un guiso. Quizá su relectura me cause cierto sonrojo pues temo haber banalizado el término hablando de temas tan prosaicos cuando lo deshonesto inunda tantas cuestiones mucho más trascendentes.
No sabría decir si la ciudadanía española está desesperanzada, cabreada, deprimida, de todo un poco o si unos, una cosa y otros, otra. Pero de lo que estoy casi seguro es de que el sentimiento de hartazgo ante la manipulación descarada de la información y del lenguaje es general. O dicho de forma más ramplona: harta de la tomadura de pelo.
La gran mayoría de los españoles no merece pagar el precio que está pagando por esta crisis. Pero sea porque no haya más remedio, sea porque en esta tierra se escribió El Quijote y algo de carácter imprime, sea porque se haya instaurado cierto conformismo o sea por cualquier otro motivo, lo cierto es que la ciudadanía paga y aguanta. También la ciudadanía puede haber aceptado la necesidad de muchos ajustes; otra cuestión es la forma y la orientación de esas reformas. Pero nada de ello debería ser óbice para que sea tratada con respeto.
Y con respeto me refiero a no ser engañada ni tratada por imbécil. Esta misma mañana en la emisora estatal se afirmaba que el paro, este mes de septiembre, "ha subido un sesenta y dos por ciento menos que el septiembre pasado". Así, si quiere usted saber el dato objetivo, primero averigüe el porcentaje de septiembre de 2012, luego halle el sesenta y dos por ciento de ese porcentaje, reste… y siga operando hasta que encuentre el dato buscado, suponiendo que no se haya aburrido antes. Pero un sesenta y dos por ciento menos que el septiembre pasado suena mejor que 25.572 parados más ¿no? Dado el dato ya se podrían hacer valoraciones y comparaciones pero primero lo objetivo y después lo subjetivo, al menos eso sería lo honesto.
Igual que movilidad exterior -así lo denominó la ministra- para referirse a la emigración no es un eufemismo y mucho menos, un tecnicismo: es una falta de respeto a todos los españoles y, muy especialmente, a quienes han tenido que emigrar y a sus familias. Y para endulzar un poco más el eufemismo, algunos cantan las ventajas de la movilidad en términos de enriquecimiento personal y experiencia. No pueden ponerse en duda esos argumentos: conocer otras realidades enriquece, pero es la persona quien debe elegir el momento y no las circunstancias.
Si hay que emigrar, se emigra. Si hay que reformar las pensiones, se reforman, pero un IPC del 1,5 % y una subida del 0,25% es una bajada en cualquier tierra donde el pan se llama pan y el vino se llama vino. Esa misma tierra que tiene un idioma que llama caridad a la caridad y solidaridad a la solidaridad, porque no son lo mismo; un idioma que llama recesión al crecimiento negativo, porque lo de crecer hacia abajo está complicado; un idioma que llama subir –los impuestos- al gravamen adicional o que llama abaratar –el despido- a flexibilizar el mercado laboral.
La situación es complicada, muy complicada. Hacer política (política de verdad) en estas circunstancias es difícil, muy difícil, pero respetar no es tan difícil, tan solo requiere honestidad –y humanidad- .
Y si eso es difícil de entender, entonces hay que practicar movilidad política… que puestos a ser finos, también sabemos.
lunes, 26 de agosto de 2013
Hacer de la crisis oportunidad (o espectáculo)
Me había impuesto la tarea, dura, de ver el primer programa de “Entre todos”. No defrauda: sus señas de identidad son el peor estilo, el morbo y la caridad disfrazada de solidaridad.
Que una cadena de televisión emita programas de dudoso gusto y calidad mediocre no es novedoso, pero que la televisión estatal produzca este programa es ¿indignante? ¿inadmisible? Podrían ser muchos los calificativos. A mí me parece, simplemente, grave.
Una cadena pública, es decir, del Estado, es decir, de todos los españoles, no puede convertir en espectáculo la desgracia de los ciudadanos. Y mucho menos cuando esta desgracia no es fruto de una catástrofe natural sino de la gestión económica de sucesivos gobiernos, por acción o por omisión. Pero el análisis de la crisis económica no es el objetivo de este post.
Tampoco la bonhomía de los ciudadanos debería ser espectáculo. No al menos en este contexto.
“… para dar de comer a sus hijos…”, “…todos tenemos derecho a trabajar…”, “… gente que no está acostumbrada a pedir pa comer…” son algunas expresiones que hemos escuchado a la presentadora.
En el programa de hoy se “ha conseguido” financiación para emprendedores. Se ha conseguido trabajo y se ha conseguido una silla ortopédica.
La financiación es responsabilidad de los bancos (rescatados con dinero público). El trabajo es un derecho constitucional y existen servicios públicos de empleo. Y una silla ortopédica o una ayuda para su adquisición es un problema de bienestar social o de salud pública.
Las donaciones proceden en su mayor parte, si no en su totalidad, de personas de clase media con mayor o menor poder adquisitivo. Las mismas personas que aportan la mayor parte de la recaudación fiscal española son quienes, bienintencionadas, emocionadas por el tono sensiblero y morboso, además de casi circense, de la presentadora (o del guionista) realizan sus aportaciones para cubrir responsabilidades del Estado y, por delegación, del Gobierno. El mismo Gobierno que regenta esta cadena de televisión. (Mientras, las exportaciones aumentan, el consumo de bienes de lujo aumenta y las grandes fortunas, también… suma y sigue).
Y me queda una duda: la selección.
¿Se seleccionan las personas con mayor espíritu emprendedor, con la mejor idea de negocio? ¿Las más necesitadas? ¿O las que mejor juego televisivo pueden dar?
En cualquier caso, aclaro: ni critico a quienes acuden al programa ni a quienes donan. Todo lo contrario, vayan mis mejores deseos de éxito para ellos. Para ellos y para todos los que están en situaciones similares.
Hacía tiempo que la televisión estatal no ofrecía un espectáculo tan lamentable y tan reprobable desde la ética política.
Finalizo con la palabra que también podía haber sido el título de este post: vergüenza.
Que una cadena de televisión emita programas de dudoso gusto y calidad mediocre no es novedoso, pero que la televisión estatal produzca este programa es ¿indignante? ¿inadmisible? Podrían ser muchos los calificativos. A mí me parece, simplemente, grave.
Una cadena pública, es decir, del Estado, es decir, de todos los españoles, no puede convertir en espectáculo la desgracia de los ciudadanos. Y mucho menos cuando esta desgracia no es fruto de una catástrofe natural sino de la gestión económica de sucesivos gobiernos, por acción o por omisión. Pero el análisis de la crisis económica no es el objetivo de este post.
Tampoco la bonhomía de los ciudadanos debería ser espectáculo. No al menos en este contexto.
“… para dar de comer a sus hijos…”, “…todos tenemos derecho a trabajar…”, “… gente que no está acostumbrada a pedir pa comer…” son algunas expresiones que hemos escuchado a la presentadora.
En el programa de hoy se “ha conseguido” financiación para emprendedores. Se ha conseguido trabajo y se ha conseguido una silla ortopédica.
La financiación es responsabilidad de los bancos (rescatados con dinero público). El trabajo es un derecho constitucional y existen servicios públicos de empleo. Y una silla ortopédica o una ayuda para su adquisición es un problema de bienestar social o de salud pública.
Las donaciones proceden en su mayor parte, si no en su totalidad, de personas de clase media con mayor o menor poder adquisitivo. Las mismas personas que aportan la mayor parte de la recaudación fiscal española son quienes, bienintencionadas, emocionadas por el tono sensiblero y morboso, además de casi circense, de la presentadora (o del guionista) realizan sus aportaciones para cubrir responsabilidades del Estado y, por delegación, del Gobierno. El mismo Gobierno que regenta esta cadena de televisión. (Mientras, las exportaciones aumentan, el consumo de bienes de lujo aumenta y las grandes fortunas, también… suma y sigue).
Y me queda una duda: la selección.
¿Se seleccionan las personas con mayor espíritu emprendedor, con la mejor idea de negocio? ¿Las más necesitadas? ¿O las que mejor juego televisivo pueden dar?
En cualquier caso, aclaro: ni critico a quienes acuden al programa ni a quienes donan. Todo lo contrario, vayan mis mejores deseos de éxito para ellos. Para ellos y para todos los que están en situaciones similares.
Hacía tiempo que la televisión estatal no ofrecía un espectáculo tan lamentable y tan reprobable desde la ética política.
Finalizo con la palabra que también podía haber sido el título de este post: vergüenza.
sábado, 3 de agosto de 2013
Y otra vez el FMI
Mapas, linternas, bastones de trekking, botas… Último -seguro que más bien será penúltimo- repaso a la lista de material. Por fin esta noche partimos hacia Pirineos.
No pensaba encender hoy el PC y mucho menos ponerme a escribir. La verdad es quería que la próxima entrada de este recién estrenado blog fuese alguna vivencia pirenaica, algo amable que compartir, pero no me quito de la cabeza el titular de ayer.
Lo primero que hago es consultar varias hemerotecas. Pues sí, lo que citaba en mi entrada anterior en el blog sobre Olvier Blanchard (FMI) no era una mala pasada de mi memoria: reconocía el error de recomendar recortes a Europa. Y el titular que mencionaba antes y que provoca este exabrupto bloguero es una nueva recomendación del FMI: un recorte de salarios del 10 %, una bajada de cotizaciones a la Seguridad Social y una –otra- subida del IVA (ésta dos años después) ayudarían a crear empleo. Perplejidad.
Si se bajan los salarios y disminuyen las cotizaciones parece evidente que se creará empleo y si dos años más tarde se aumenta el IVA puede que las arcas del estado se recuperen. La operación parece lógica.
Pero esto de no saber de economía me trae por la calle de la amargura, porque la lógica se me rompe cuando pienso en el consumo interno. Menos salarios y más IVA, menor consumo interno. Supongo que desde el punto de vista económico nada grave: se soluciona con más consumo exterior. Dicho de forma burda: produzcamos más y más barato que otro que pueda lo comprará.
Tiene toda la lógica del modelo social al que se nos conduce: una sociedad con mayores desigualdades sociales. Un modelo en el que primen los costes de producción sobre el bienestar del conjunto de la sociedad aunque ello implique una polarización social.
Pero lo que subyace a todo ello, independientemente (que no es poco) de cuestiones de justicia social, es una crisis de la legitimidad política: los gobiernos y sus instituciones (nacionales o internacionales), según la teoría política, representan a los estados y están legitimados por sus ciudadanos para la solución y gestión de sus conflictos y necesidades. Sin embargo lo que la gestión de esta crisis económica pone de manifiesto es a qué o a quiénes obedecen los gobiernos: a los intereses de la mayoría, desde luego, no.
Dos reflexiones finales: la primera es reiterativa con la entrada anterior de este blog: el estado del bienestar, además de para “estar bien”, tenía un objetivo de convivencia pacífica… cuidado.
La segunda es una reflexión muy personal: las ciencias son hijas de la humanidad. La biología ha procurado a la sociedad un mayor bienestar en disciplinas como la medicina, la farmacia y la agronomía, entre otras muchas. La física ha permitido todo tipo de avances tecnológicos. ¿Qué clase de hijo desnaturalizado es la economía, la ciencia de la administración de los bienes escasos o limitados, que ha puesto a la humanidad a su servicio en lugar de estar al servicio de ésta?
No nos harán creer que la economía tiene vida propia. No es un ordenador gigante de aquellos que protagonizaban las películas de los años setenta y tomaban el control de la Tierra. ¿No estamos cansados de ”la economía necesita…”, “los mercados piden…”? ¿Pero quién **** son los mercados? ¡¡La humanidad pide, la sociedad necesita!!
Y, se me ovidaba: si recomendar recortes fue un error, bajar salarios ¿no es una forma de recorte? O su concepto de recorte tiene muy pocas connotaciones sociales o el FMI no tiene muy claro qué debe recomendar. No sé qué es peor.
Voy a seguir haciendo el equipaje.
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