Mucho se ha hablado a lo largo de la gestión de esta crisis económica que nos azota sobre la necesidad de acometer reformas. Reformas de todo tipo: estructurales, laborales, fiscales, de la banca, del sistema de pensiones y de todo aquello que de alguna forma tenga que ver con el entramado económico del país. Sobre cómo se hayan llevado a cabo y sobre su repercusión social habría mucho que hablar, pero no es eso lo que hoy inspira estas líneas.
Ha amanecido lloviendo, el otoño por fin parece querer barrer los restos del verano. El otoño tiene fama de estación triste pero es, sin embargo, una estación con sabor a comienzo, a buenos propósitos: se acaba el letargo estival, porque en estas latitudes el letargo es más estival que invernal, comienza el curso, aparecen los coleccionables por fascículos y se inician planes, muchos planes. Y este año, además, el otoño comienza con anuncios de recuperación económica. Unos se lo creen más que otros; unos lo atribuyen a las reformas emprendidas, otros no.
Estos días lluviosos, íntimos invitan a la reflexión. Y entre los augurios de recuperación y la lista de reformas emprendidas me pregunto si alguien se acordado de la reforma de las actitudes. Porque Lehman Brothers, Bankia, el ladrillo, los activos tóxicos, las subprime, su prima -la de riesgo- y demás familia han sido como de casa: a todas horas presentes en todas las pantallas, de la televisión, del Facebook y del smartphone, en las conversaciones del café y de las cañas y quizá en alguna más. Tan presentes han estado que quizá nos hayan hecho olvidar que de tarde en tarde hay que mirarse en el espejo y no para repasar el orden de los cabellos, sino para mirarnos a los ojos y repasar el orden de las actitudes.
Y me pregunto si alguien se ha acordado de la reforma de las actitudes porque por muchas reformas estructurales que hagamos, mientras no cambiemos algunas de las conductas con las que afrontamos el devenir de nuestros días, España alcanzará la ansiada recuperación porque todas las tormentas pasan, pero nunca será ese país que todos deseamos. Nunca podrá medirse con esas democracias que están en la mente de muchos.
Los españoles somos generosos, heroicos a veces, solidarios, alegres, hospitalarios, imaginativos: somos un gran pueblo, dicho sea sin sombra de ironía. Pero al igual que Rodrigo Díaz y el hidalgo Alonso Quijano están en nuestro imaginario, también lo están Lázaro, don Pablos y la sociedad de Vetusta. Cara y cruz.
Haremos reformas estructurales, sí, pero si mantenemos nuestros hábitos picarescos, la maledicencia, la envidia y otras virtudes patrias, amén de nuestra particular manera de interpretar lo fiscal y lo político, difícilmente llegaremos a los estados de bienestar social tan deseados y admirados.
Cada una de nuestras características del lado oscuro daría para escribir no una página sino ciento. Pero en estos días, por motivos que no vienen al caso aunque algunos los intuyan, me llama particularmente la atención la gestión que hacemos del relevo o de la derrota y la victoria.
No deja de ser llamativo cómo cambia la conjugación –en lo que a persona se refiere- de los verbos según sean los resultados alcanzados: hemos ganado – han perdido. Y esto, más allá de la anécdota, indica una gran facilidad para desvincularnos del fracaso o de la contrariedad, con lo que conlleva de tendencia a eludir los esfuerzos colectivos para superar los resultados adversos.
Y tras cambiar el verbo de persona, la secuencia continúa con la búsqueda del culpable. Siempre se busca un culpable antes que analizar las causas de la contrariedad. Hallado el chivo expiatorio todo resulta más fácil aunque nunca lleguemos a saber qué ha ocasionado el fracaso.
Después, la limpia: todo lo anterior es necesariamente malo. Es preciso segar lo sembrado por el culpable sin reparar si en el sembrado todo es hierba fútil o si hay algunos feraces plantones.
Por último, la herencia recibida. Las dificultades, la debilidad y, a veces, la incapacidad se excusan con las herencias recibidas con la misma insistencia con la que los oficiales de las SS lo hicieron con la obediencia debida. Endeble liderazgo el que se construye desde el parapeto del pasado.
Y lo triste de esta caricatura de la muy hispana gestión de la derrota, la victoria o el relevo, no es la bajeza moral con la que en ocasiones se actúa, ni siquiera la debilidad que evidencia sino las consecuencias económicas y de obstáculo al progreso colectivo.
Este modus operandi tan nuestro conlleva dispendios en la destrucción y posterior creación de estructuras y procedimientos; un análisis deficiente o sesgado de los resultados adversos, clave de un futuro más halagüeño, y pérdida de conocimiento y capital humano. Algo que nuestras empresas, organizaciones e instituciones no deberían permitirse en aras del futuro próspero que deseamos tras este oscuro túnel que tan alto precio está costando a la sociedad española.
jueves, 24 de octubre de 2013
jueves, 17 de octubre de 2013
La mirada de un niño
No soy dado a las efemérides, pero hoy, por casualidad, leo que un 16 de octubre de 1986 Reinhold Messner pisó la cumbre de su decimocuarto ochomil, el Lhotse. Se convertía así en la primera persona en ascender a las catorce cumbres de más de ocho mil metros existentes.Mucho ha nevado desde entonces y más sobre aquellas lejanas cumbres. Desde que la expedición de Maurice Herzog conquistó el primer ochomil, el Annapurna, el Himalaya y el Karakorum han sido escenario de muchos hitos en la historia del montañismo: Hillary y Tensing ascendieron por primera vez al Everest, el más alto; también Messner fue el primero en coronar el Everest sin ayuda de oxígeno; Edurne Pasabán, primera mujer en ascender a los catorce ochomiles y en estos días Carlos Soria encamina sus esfuerzos para ser el primer veterano con más de sesenta años que corona los catorce ochomiles.
Hitos en la historia del montañismo, hitos en la historia del deporte en general e hitos en esa carrera del ser humano hacia el desconocido confín de sus límites.
Tuve la suerte de conocer hace bastantes años a Reinhold Messner: le recuerdo enjuto, fibroso, de tez curtida por las inclemencias de la montaña, pero le recuerdo sobre todo sencillo, muy sencillo intentando comprender y hacerse comprender con los rudimentos de un inglés que casi ninguno dominábamos. Con Carlos Soria tuve más contacto: cuando se le encontraba por la Sierra del Guadarrama compartía chascarrillos, experiencias y, si se terciaba, el bocadillo de chorizo con todos, montañeros de niveles y edades bien dispares.
Personas que han hecho y hacen historia del deporte. Personas que son ejemplo de superación y esfuerzo. Personas que han alcanzado la fama por su tesón como cualquier deportista de élite, aunque con algunas diferencias, sobre todo en los medios iniciales y, más aún, en los ceros de la cuenta bancaria. Porque en lo mediático no cabe siquiera la comparación.
Pero si refiero todo esto no es para vanagloriarme por quién tuve la suerte de conocer, pues no hay

mérito alguno en ello, sino simples circunstancias. Lo refiero porque no olvido una mirada de un niño: en aquellos ojos había ilusión, súplica, emoción y desesperación. El niño gritaba un nombre. Tampoco olvido otra mirada, la de un adulto, indolente, al frente, tras el cristal de un autobús, uno de esos autobuses altos, grandes, de lujo, imponentes, que serigrafiados con los emblemas de un equipo de fútbol transportan unos cuantos cientos de millones de euros en carne de deportista. Imagino cómo hubiese cambiado la mirada del niño si aquel adulto hubiese tan solo girado levemente la cabeza, cruzado una mirada y esbozado una sonrisa. Algún grave tortícolis impidió la magia que torna la súplica en infantil felicidad. Un tortícolis de vanidad y prepotencia.
jueves, 10 de octubre de 2013
Símbolo OEX
Demasiados símbolos, mi querida OEX.
El escenario del Palacio de Congresos estaba repleto. Tocaban la Orquesta de Extremadura y la Orquesta Joven unidas en una inmensa Sexta Sinfonía de Mahler. Como inmensa era la emoción de los aplausos que hicieron vibrar las estructuras del Palacio y anudaron más de una garganta durante varios minutos. La interpretación fue buena, muy buena, quizá magistral, no lo sé porque, sinceramente, no disfruté del concierto. Aquellos aplausos no eran sólo un premio, eran despedida, reivindicación, rabia, esperanza porque el acorde final de la Sexta sonaba más a final que nunca. Era el 5 de julio de 2012.
Aquel 5 de julio era el colofón de una temporada convulsa, llena de incertidumbres y despropósitos políticos, con su acorde final como la Sexta “… y, chimpún, se acabó la orquesta.” (Presidente del Gobierno de Extremadura), solo que en lugar de a sinfonía este acorde sonaba a fanfarria chulapona, prepotente y desafinada.
Y mientras algunos quitaban importancia a la cosa porque al fin y al cabo “…está compuesta por gente del este” (Consejero de Economía), los músicos y sus familias, algunos, pocos, extremeños y los demás, del este, del oeste, del norte o del sur, inmigrantes en Extremadura, dejan en esta tierra su consumo, sus impuestos y su música y, sobre todo, sus vidas que un día decidieron construir en este solar.
Se sucedieron las reuniones y las movilizaciones y quedaba esperar la fumata de la última reunión para saber si Extremadura seguía teniendo orquesta o si cincuenta músicos se iban con su música -y su empleo- a otra parte.
El humo fue gris claro aunque, después de lo pasado, tuvo sabor a fumata blanca: la temporada sería más modesta y los integrantes de la orquesta se reducirían el salario.
Dice el diccionario que un símbolo es aquello que representa una realidad o un concepto por analogía o por convención en virtud de los rasgos que se asocian a tal realidad o concepto. La Orquesta de Extremadura se convirtió en símbolo de demasiadas realidades durante aquella temporada 2011 – 2012 porque simbolizó lo que sucede cuando se aúnan bisoñez, poder, ansia de revancha y escasa sensibilidad por la cultura en un gobierno; fue símbolo de profesionalidad, interpretando magistralmente aun en medio de la tormenta; simbolizó el poder de la constancia, de la movilización y de la razón. Fue símbolo del cariño de la sociedad extremeña por una de sus instituciones culturales, símbolo del apoyo ciudadano.
Símbolo de la solidaridad entre orquestas de toda España, que se mantiene. El 23 de septiembre lo revivimos en la Plaza de la Soledad de Badajoz y, simultáneamente, en muchas ciudades de España.
En medio de la orgía de ajustes y recortes, la OEX fue para muchos un último símbolo de resistencia. Había quién decía: “Como nos la quiten también..."; “Por lo menos la Orquesta que no caiga…”
Simbolizó también los riesgos de una ideología: “si quieren cultura que la paguen” y constituyó un ejemplo inequívoco de quién paga sea quien sea el artífice del problema, porque ni los músicos originaron la crisis -como no la ha originado la mayoría de la sociedad- ni decidieron cómo se gestionaba la OEX, pero sí fueron los que estuvieron en situación de expediente de regulación de empleo y sí han sido los que han visto reducido su salario.
Pero la Orquesta de Extremadura también es y seguirá siendo un símbolo del progreso que la actividad cultural extremeña ha experimentado en las últimas décadas. Aún recuerdo la avidez con la que corríamos a comprar las entradas del López cuando se anunciaba la presencia de una orquesta, fuese cual fuese su calidad y renombre. O las escapadas -cuando se podía- al Auditorio Nacional, si es que se quería disfrutar de música en directo. Entonces, pocos pensábamos en que Extremadura tuviese su propia temporada de conciertos con una orquesta propia. Una Orquesta capaz de codearse con cualquiera, con su historial de grabaciones, algunas extraordinarias -no me canso de escuchar el Concierto para Violín de Freitas Branco con Da Costa como solista-. Pocos pensábamos en escuchar a Ara Malikian, a Joaquín Achúcarro o a María Joao Pires acompañados por nuestra orquesta; ni a Ros Marbá o a Cristóbal Halffter dirigiéndola.
Sí, demasiados símbolos en el pentagrama de aquella temporada 2011-2012. Demasiadas fusas y corcheas que nadie deseaba para llenar un compás que no necesitaba más que una nota redonda y plena de progreso y madurez cultural. La temporada pasada transcurrió sin sobresaltos y hoy comienza otra. ¡Que la Orquesta de Extremadura siga así, sin demasiados símbolos, que con su calidad no los necesita!
martes, 8 de octubre de 2013
"Sólo el que sabe es libre"
Cuando el aire de las mañanas empieza a sentirse fresco, el olor
cálido del café que escapa por la puerta entreabierta de las cafeterías resulta
evocador, acogedor.
- Buenos días.
- Buenos días. ¿Cortadito?
- Si, gracias, como siempre.
- ¿Tostadita?
- Hoy no, gracias. ¿El periódico…? (¿O
debería haber pedido el periodiquito?)
- Allí
- Vale, gracias.
Leo:“La juez de lo Mercantil y su marido,
también magistrado, cruzan denuncias”; “La Fiscalía lamenta que religiosas no
quieran colaborar en 12 casos de bebés robados”; “Se entrega tras matar a su
novia de 14 años en Lérida”; “La ONU enviará a Siria cien expertos en armas químicas”;
“Recuperados ya 231 cuerpos de las aguas de Lampedusa”. Sigo leyendo, cansado,
pero sigo leyendo: “El marido de Cospedal acumula cargos La
exministra en Iberdrola”; “Magdalena Álvarez declara por el caso de los ERE”; “Los recortes
llegan a las mutuas de los funcionarios”.
El informe PISA para adultos sitúa a
España en el último lugar en conocimientos matemáticos y en el penúltimo en
comprensión lectora.
¿En comprensión lectora? ¿Y no será
un mecanismo de defensa? Porque a mí casi se me corta la leche del cortado y
miren que es corta la cantidad.
Ironías aparte, quizá no deban
sorprender tanto estos datos en un país donde cada cambio de gobierno lleva aparejada
una nueva Ley de Educación.
Pero puestos a imaginar, en lugar de
un mecanismo de defensa -propio-, también podría ser un mecanismo de control -externo-.
En semejantes puestos del informe PISA, no es de extrañar que descifrar la
factura de la luz se convierta en misión imposible. Ni que extraer el verdadero
trasfondo de ciertas noticias y mucho menos compararlas con hechos históricos
sea algo al alcance de cada vez menos lectores.
“La educación es el arma más
poderosa que puedes usar para cambiar el mundo.” (Nelson Mandela) y “Sólo
el que sabe es libre, y más libre el que más sabe…Sólo la cultura da
libertad…No proclaméis la libertad de volar, sino dad alas; no la de pensar,
sino dad pensamiento. La libertad que hay que dar al pueblo es la cultura. ”
(Pablo Unamuno). Pero mientras, un poquito menos de historia, algo menos de
filosofía, menos aún de latín y del temario de Educación para la Ciudadanía
eliminamos las referencias a la pobreza en el mundo y la falta de acceso a la
educación como fuente de pobreza.
Nada que no se solucione
con introducir el emprendimiento en la escuela, que libertad y liberalismo (o
neoliberalismo ) proceden de la misma raíz. Y para el que no emprenda… Arbeit macht frei.


miércoles, 2 de octubre de 2013
Honestidad y lenguaje en tiempos de crisis
El primer post de Facebook que leía esta mañana hablaba de tristeza. De la tristeza que provoca la emigración. Porque cuando uno parte en busca de trabajo hacia tierras más o menos lejanas se llama emigrar.
Pero no es de emigración de lo que pensaba escribir, sino de honestidad. Otra vez: hace poco escribía sobre honestidad cuando rememoraba la olla aranesa, hablaba de la honestidad de un guiso. Quizá su relectura me cause cierto sonrojo pues temo haber banalizado el término hablando de temas tan prosaicos cuando lo deshonesto inunda tantas cuestiones mucho más trascendentes.
No sabría decir si la ciudadanía española está desesperanzada, cabreada, deprimida, de todo un poco o si unos, una cosa y otros, otra. Pero de lo que estoy casi seguro es de que el sentimiento de hartazgo ante la manipulación descarada de la información y del lenguaje es general. O dicho de forma más ramplona: harta de la tomadura de pelo.
La gran mayoría de los españoles no merece pagar el precio que está pagando por esta crisis. Pero sea porque no haya más remedio, sea porque en esta tierra se escribió El Quijote y algo de carácter imprime, sea porque se haya instaurado cierto conformismo o sea por cualquier otro motivo, lo cierto es que la ciudadanía paga y aguanta. También la ciudadanía puede haber aceptado la necesidad de muchos ajustes; otra cuestión es la forma y la orientación de esas reformas. Pero nada de ello debería ser óbice para que sea tratada con respeto.
Y con respeto me refiero a no ser engañada ni tratada por imbécil. Esta misma mañana en la emisora estatal se afirmaba que el paro, este mes de septiembre, "ha subido un sesenta y dos por ciento menos que el septiembre pasado". Así, si quiere usted saber el dato objetivo, primero averigüe el porcentaje de septiembre de 2012, luego halle el sesenta y dos por ciento de ese porcentaje, reste… y siga operando hasta que encuentre el dato buscado, suponiendo que no se haya aburrido antes. Pero un sesenta y dos por ciento menos que el septiembre pasado suena mejor que 25.572 parados más ¿no? Dado el dato ya se podrían hacer valoraciones y comparaciones pero primero lo objetivo y después lo subjetivo, al menos eso sería lo honesto.
Igual que movilidad exterior -así lo denominó la ministra- para referirse a la emigración no es un eufemismo y mucho menos, un tecnicismo: es una falta de respeto a todos los españoles y, muy especialmente, a quienes han tenido que emigrar y a sus familias. Y para endulzar un poco más el eufemismo, algunos cantan las ventajas de la movilidad en términos de enriquecimiento personal y experiencia. No pueden ponerse en duda esos argumentos: conocer otras realidades enriquece, pero es la persona quien debe elegir el momento y no las circunstancias.
Si hay que emigrar, se emigra. Si hay que reformar las pensiones, se reforman, pero un IPC del 1,5 % y una subida del 0,25% es una bajada en cualquier tierra donde el pan se llama pan y el vino se llama vino. Esa misma tierra que tiene un idioma que llama caridad a la caridad y solidaridad a la solidaridad, porque no son lo mismo; un idioma que llama recesión al crecimiento negativo, porque lo de crecer hacia abajo está complicado; un idioma que llama subir –los impuestos- al gravamen adicional o que llama abaratar –el despido- a flexibilizar el mercado laboral.
La situación es complicada, muy complicada. Hacer política (política de verdad) en estas circunstancias es difícil, muy difícil, pero respetar no es tan difícil, tan solo requiere honestidad –y humanidad- .
Y si eso es difícil de entender, entonces hay que practicar movilidad política… que puestos a ser finos, también sabemos.
Pero no es de emigración de lo que pensaba escribir, sino de honestidad. Otra vez: hace poco escribía sobre honestidad cuando rememoraba la olla aranesa, hablaba de la honestidad de un guiso. Quizá su relectura me cause cierto sonrojo pues temo haber banalizado el término hablando de temas tan prosaicos cuando lo deshonesto inunda tantas cuestiones mucho más trascendentes.
No sabría decir si la ciudadanía española está desesperanzada, cabreada, deprimida, de todo un poco o si unos, una cosa y otros, otra. Pero de lo que estoy casi seguro es de que el sentimiento de hartazgo ante la manipulación descarada de la información y del lenguaje es general. O dicho de forma más ramplona: harta de la tomadura de pelo.
La gran mayoría de los españoles no merece pagar el precio que está pagando por esta crisis. Pero sea porque no haya más remedio, sea porque en esta tierra se escribió El Quijote y algo de carácter imprime, sea porque se haya instaurado cierto conformismo o sea por cualquier otro motivo, lo cierto es que la ciudadanía paga y aguanta. También la ciudadanía puede haber aceptado la necesidad de muchos ajustes; otra cuestión es la forma y la orientación de esas reformas. Pero nada de ello debería ser óbice para que sea tratada con respeto.
Y con respeto me refiero a no ser engañada ni tratada por imbécil. Esta misma mañana en la emisora estatal se afirmaba que el paro, este mes de septiembre, "ha subido un sesenta y dos por ciento menos que el septiembre pasado". Así, si quiere usted saber el dato objetivo, primero averigüe el porcentaje de septiembre de 2012, luego halle el sesenta y dos por ciento de ese porcentaje, reste… y siga operando hasta que encuentre el dato buscado, suponiendo que no se haya aburrido antes. Pero un sesenta y dos por ciento menos que el septiembre pasado suena mejor que 25.572 parados más ¿no? Dado el dato ya se podrían hacer valoraciones y comparaciones pero primero lo objetivo y después lo subjetivo, al menos eso sería lo honesto.
Igual que movilidad exterior -así lo denominó la ministra- para referirse a la emigración no es un eufemismo y mucho menos, un tecnicismo: es una falta de respeto a todos los españoles y, muy especialmente, a quienes han tenido que emigrar y a sus familias. Y para endulzar un poco más el eufemismo, algunos cantan las ventajas de la movilidad en términos de enriquecimiento personal y experiencia. No pueden ponerse en duda esos argumentos: conocer otras realidades enriquece, pero es la persona quien debe elegir el momento y no las circunstancias.
Si hay que emigrar, se emigra. Si hay que reformar las pensiones, se reforman, pero un IPC del 1,5 % y una subida del 0,25% es una bajada en cualquier tierra donde el pan se llama pan y el vino se llama vino. Esa misma tierra que tiene un idioma que llama caridad a la caridad y solidaridad a la solidaridad, porque no son lo mismo; un idioma que llama recesión al crecimiento negativo, porque lo de crecer hacia abajo está complicado; un idioma que llama subir –los impuestos- al gravamen adicional o que llama abaratar –el despido- a flexibilizar el mercado laboral.
La situación es complicada, muy complicada. Hacer política (política de verdad) en estas circunstancias es difícil, muy difícil, pero respetar no es tan difícil, tan solo requiere honestidad –y humanidad- .
Y si eso es difícil de entender, entonces hay que practicar movilidad política… que puestos a ser finos, también sabemos.
miércoles, 25 de septiembre de 2013
España a la cola de Europa en formación de trabajadores
Hace unos días, algunos diarios se ocupaban del congreso de la Asociación de Entidades Organizadoras de Formación Continua (AENOA). Los medios de comunicación han sido unánimes en el titular. La noticia no era tanto la celebración del congreso, como la información aportada en una de las ponencias: “España a la cola de Europa en formación continua de trabajadores”.
Un titular que, perdón por la ironía, me recuerda a otra noticia que acabo de escuchar: “este fin de semana comienza el otoño”. A veces se hace noticia de lo obvio, de lo sabido y de lo absolutamente predecible.
En 1993 comenzaba en España la andadura de la formación continua como sistema regulado. Se creó un sistema de gestión bipartito participado por los agentes sociales y económicos. El sistema en su concepción teórica fue alabado en varios ámbitos europeos y, especialmente, en el CEDEFOP.
Matizo en su concepción teórica porque, en la práctica, la bisoñez del sistema demostró algunas debilidades: nada que con los convenientes ajustes no pudiera solucionarse. Sin embargo, a lo largo de su relativamente corta singladura, lejos de corregir el rumbo, ha enrolado tripulación poco avezada en estos mares, ha soportado dos fuertes tormentas y ha padecido alguno de los “males endémicos” de nuestro solar patrio. Con tal diario de navegación las posibilidades de alcanzar buen puerto son escasas: el titular de la noticia es poco o nada novedoso.
Nuevos tripulantes
A partir de 1997, con objeto de dotar de mayor transparencia al sistema, se incorporó la Administración a través del INEM. Sin que deba entenderse como una particular aversión a lo público ni a la Administración (nada más lejos), lo cierto es que ésta suele caracterizarse por su falta de dinamismo y flexibilidad y su inmensa capacidad de burocratizar y ralentizar la gestión. Y así fue.
De sobra es conocida también la tradicional y muy hispánica lejanía del legislador de despacho con la realidad del objeto sobre el que legisla. Y entiéndase lejanía como la diferencia entre la norma basada en postulados teóricos y la casuística del trabajo práctico, sobre la que el legislador suele mostrar un profundo desconocimiento, cuando no desprecio.
Las tormentas
Dos sentencias: una del Tribunal Europeo de la Libre Competencia y otra del Constitucional Español, referentes respectivamente a la formación en empresas y a competencias autonómicas.
Independientemente del debido respeto a los tribunales, ninguna de las dos sentencias debería haber constituido problemas severos para el sistema, sino más bien oportunidades para la mejora.
La sentencia del Tribunal de la Libre Competencia propició la creación del llamado sistema de bonificaciones o formación de demanda con un diseño casi inviable en un tejido empresarial de las características del español. La del Constitucional impulsó las transferencias autonómicas en materia de formación continua, que sin suponer un hecho negativo en sí mismo, tampoco contribuyó a una mejora sustancial de la eficiencia del sistema como podría haber supuesto la descentralización.
Los ajustes originados por la crisis económica (o, mejor dicho, por la orientación ideológica de la gestión de la crisis) han potenciado el sistema de demanda (o bonificaciones) en detrimento de la formación de oferta. Las estadísticas que se publican ofrecen datos cuantitativos favorables para el sistema, pero son estadísticas donde están ausentes los conceptos: calidad, eficacia y eficiencia.
Los “males endémicos”
La formación continua como toda actividad incipiente generó expectativas y oportunidades de negocio, lo que no es intrínsecamente negativo. No, salvo que se impregne de la muy española cultura del dinero fácil y rápido, la cultura del “pelotazo”. Algunas empresas y fundaciones crearon sólidas y comprometidas estructuras profesionales, pero, al mismo tiempo, nacieron –y muchas subsisten- multitud de empresas dedicadas a la gestión de formación con poca ética y menos profesionalidad.
La abundancia de fondos destinados a la formación propició abusos y dispendios contra los que no se supo o no se quiso actuar con eficacia. Las únicas medidas que se diseñaron sólo consiguieron entorpecer la gestión eficiente: mayor burocracia y disminución de las partidas que podrían aportar calidad al sistema; mayor vigilancia del cumplimiento de las obligaciones administrativas y nulo o escaso seguimiento de la calidad y del impacto de la formación. Un escenario en el que se mueven con soltura los oportunistas y se desesperan los profesionales.
En estos tiempos de crisis en los que tanto hablamos de la necesaria mejora de la competitividad la formación es un elemento imprescindible. Sin embargo, el sistema es más ineficaz que nunca: sería difícil aventurar el porcentaje de fondos destinados a formación bonificada que se pierden en cursos inútiles (o inexistentes), cursos de los que solo llega al beneficiario un “regalo” por haber participado: es la dura realidad.
Mientras tanto, las estructuras profesionalizadas y comprometidas con la formación de calidad se destruyen y su capital humano se pierde. Mientras tanto, la necesaria mejora de la cualificación de los trabajadores no llega a las empresas. Y, mientras tanto, en la ponencia que origina el titular se identifica como causa de “estar a la cola de Europa” ¡¡el desconocimiento del sistema!! ¿Es que acaso queda alguna empresa en España que no haya sido visitada por un comercial que ofrece cursos de formación a distancia con una tablet de regalo?
No hace mucho el gobierno y los agentes económicos y sociales han reanudado las negociaciones del Acuerdo de Formación para el Empleo: es una oportunidad para analizar en profundidad el sistema y corregir sus desviaciones. Otra oportunidad…
Un titular que, perdón por la ironía, me recuerda a otra noticia que acabo de escuchar: “este fin de semana comienza el otoño”. A veces se hace noticia de lo obvio, de lo sabido y de lo absolutamente predecible.
En 1993 comenzaba en España la andadura de la formación continua como sistema regulado. Se creó un sistema de gestión bipartito participado por los agentes sociales y económicos. El sistema en su concepción teórica fue alabado en varios ámbitos europeos y, especialmente, en el CEDEFOP.
Matizo en su concepción teórica porque, en la práctica, la bisoñez del sistema demostró algunas debilidades: nada que con los convenientes ajustes no pudiera solucionarse. Sin embargo, a lo largo de su relativamente corta singladura, lejos de corregir el rumbo, ha enrolado tripulación poco avezada en estos mares, ha soportado dos fuertes tormentas y ha padecido alguno de los “males endémicos” de nuestro solar patrio. Con tal diario de navegación las posibilidades de alcanzar buen puerto son escasas: el titular de la noticia es poco o nada novedoso.
Nuevos tripulantes
A partir de 1997, con objeto de dotar de mayor transparencia al sistema, se incorporó la Administración a través del INEM. Sin que deba entenderse como una particular aversión a lo público ni a la Administración (nada más lejos), lo cierto es que ésta suele caracterizarse por su falta de dinamismo y flexibilidad y su inmensa capacidad de burocratizar y ralentizar la gestión. Y así fue.
De sobra es conocida también la tradicional y muy hispánica lejanía del legislador de despacho con la realidad del objeto sobre el que legisla. Y entiéndase lejanía como la diferencia entre la norma basada en postulados teóricos y la casuística del trabajo práctico, sobre la que el legislador suele mostrar un profundo desconocimiento, cuando no desprecio.
Las tormentas
Dos sentencias: una del Tribunal Europeo de la Libre Competencia y otra del Constitucional Español, referentes respectivamente a la formación en empresas y a competencias autonómicas.
Independientemente del debido respeto a los tribunales, ninguna de las dos sentencias debería haber constituido problemas severos para el sistema, sino más bien oportunidades para la mejora.
La sentencia del Tribunal de la Libre Competencia propició la creación del llamado sistema de bonificaciones o formación de demanda con un diseño casi inviable en un tejido empresarial de las características del español. La del Constitucional impulsó las transferencias autonómicas en materia de formación continua, que sin suponer un hecho negativo en sí mismo, tampoco contribuyó a una mejora sustancial de la eficiencia del sistema como podría haber supuesto la descentralización.
Los ajustes originados por la crisis económica (o, mejor dicho, por la orientación ideológica de la gestión de la crisis) han potenciado el sistema de demanda (o bonificaciones) en detrimento de la formación de oferta. Las estadísticas que se publican ofrecen datos cuantitativos favorables para el sistema, pero son estadísticas donde están ausentes los conceptos: calidad, eficacia y eficiencia.
Los “males endémicos”
La formación continua como toda actividad incipiente generó expectativas y oportunidades de negocio, lo que no es intrínsecamente negativo. No, salvo que se impregne de la muy española cultura del dinero fácil y rápido, la cultura del “pelotazo”. Algunas empresas y fundaciones crearon sólidas y comprometidas estructuras profesionales, pero, al mismo tiempo, nacieron –y muchas subsisten- multitud de empresas dedicadas a la gestión de formación con poca ética y menos profesionalidad.
La abundancia de fondos destinados a la formación propició abusos y dispendios contra los que no se supo o no se quiso actuar con eficacia. Las únicas medidas que se diseñaron sólo consiguieron entorpecer la gestión eficiente: mayor burocracia y disminución de las partidas que podrían aportar calidad al sistema; mayor vigilancia del cumplimiento de las obligaciones administrativas y nulo o escaso seguimiento de la calidad y del impacto de la formación. Un escenario en el que se mueven con soltura los oportunistas y se desesperan los profesionales.
En estos tiempos de crisis en los que tanto hablamos de la necesaria mejora de la competitividad la formación es un elemento imprescindible. Sin embargo, el sistema es más ineficaz que nunca: sería difícil aventurar el porcentaje de fondos destinados a formación bonificada que se pierden en cursos inútiles (o inexistentes), cursos de los que solo llega al beneficiario un “regalo” por haber participado: es la dura realidad.
Mientras tanto, las estructuras profesionalizadas y comprometidas con la formación de calidad se destruyen y su capital humano se pierde. Mientras tanto, la necesaria mejora de la cualificación de los trabajadores no llega a las empresas. Y, mientras tanto, en la ponencia que origina el titular se identifica como causa de “estar a la cola de Europa” ¡¡el desconocimiento del sistema!! ¿Es que acaso queda alguna empresa en España que no haya sido visitada por un comercial que ofrece cursos de formación a distancia con una tablet de regalo?
No hace mucho el gobierno y los agentes económicos y sociales han reanudado las negociaciones del Acuerdo de Formación para el Empleo: es una oportunidad para analizar en profundidad el sistema y corregir sus desviaciones. Otra oportunidad…
martes, 10 de septiembre de 2013
Apuntes de unas breves vacaciones pirenáicas (III): La travesía de San Mauricio y Aigüestortes y la fuerza del destino.
Cada vez más espaciados y de menor tamaño, algunos pinos negros y un tapiz de matas de rododendro alternadas con arándanos nos indican que hemos ganado cierta altitud. La espesura del bosque mixto de abedules, hayas, abetos y pinos negros propio de la media montaña iba quedando atrás.
Una vez más, el tronco seco: la misma plateada senectud que fotografié hace unos quince años; lo volví a fotografiar hace cuatro y hoy vuelvo a encuadrar y a apretar el disparador: ya es un viejo conocido. Cada invierno deja su huella: el viejo centinela se hace astillas mientras el rosa vivo de las Digitalis purpureas que lo escoltan entona una canción de juventud.
Faltan unos centenares de metros para llegar a la curva desde la que se abrirá
espectacular un balcón sobre el Estany de San Mauricio, desde cuyas orillas venimos ascendiendo. Comenzará entonces la parte más dura del camino hacia el Portarró de Espot: las últimas y pronunciadas pendientes. Camino pedregoso que transcurre entre prados alpinos y rocas graníticas. En estas altitudes ya no quedan árboles que nos brinden su sombra.
*-*-*-*-*-*
En 1952 o 1953 –el narrador no sabe precisarlo con exactitud- el Nº 1 de Zapadores tenía encomendado el mantenimiento de la línea defensiva de los Pirineos Orientales: nidos de ametralladora, observatorios, nichos de voladura que habrían de ser utilizados en una hipotética invasión. Así estaban las cosas por aquellos años.
Sin embargo, la misión de los tres militares que avanzaban por el valle del río Escrita era bien distinta: debían inspeccionar el estado de la pista que comunicaba Espot con el Valle de Boí cruzando la cuerda montañosa por el collado del Portarró de Espot. La carretera de tierra y piedra había sido construida por las compañías que explotaban el potencial
hidroeléctrico de la zona e iba a ser utilizada por su Excelencia el Jefe del Estado, el Generalísimo Franco, para conocer el bello enclave natural e inaugurar varios de aquellos ingenios hidroeléctricos. La egregia visita se produjo en 1955 y probablemente propició la creación del Parque Nacional de San Mauricio y Aigüestortes. La declaración de parque nacional tuvo lugar un mes después de la visita del dictador.
Dos curvas y contracurvas en fuerte pendiente. El bosque se aclara y aparece el Estany de San Mauricio rodeado de cumbres graníticas, custodiado por Los Encantats, los dos gigantes pétreos. El teniente contiene la respiración y queda absorto ante la fuerza, ante la majestad de una naturaleza que pretende mostrarse inaccesible.
El jeep prosigue su camino ascendiendo por la derecha del lago para luego bordearlo por el Oeste y enfilar la vaguada que conduce al Portarró. Se suceden las paradas para tomar medidas y hacer fotografías. El teniente tenía encomendada la misión de fotografiar la pista y se afana con la cámara Foca de fabricación francesa, un modelo de altas prestaciones con óptica intercambiable. Mientras, su vista sigue descubriendo, devorando. A lo lejos, a la derecha según el sentido de la marcha, se alzan las agujas de Amitges, aisladas, afiladas, con su piedra anaranjada contrastando con el resto de gigantes grisáceos: Bassiero, Ratera, Saboredo…
Tras superar a duras penas unos pronunciados repechos, el jeep alcanza el Portarró. Una nueva sinfonía de baluartes graníticos, Subenuix, La Muntayeta, Colomers, suena como canto de sirena en los ojos del joven teniente, que ya mantenía algunos amoríos con las tímidas montañas de Olot y La Garrotxa. El descaro de aquellas cumbres le era desconocido.
La travesía continúa. Comienza la bajada por el Valle del Río San Nicolau. A la derecha y a
La estridencia de las cumbres, los redobles del río se tornan lírica melodía: una meseta. El San Nicolau se remansa formando cien islas, meandros que transcurren entre bosquecillos y prados salpicados de pequeñas orquídeas rosadas, ranúnculos y jacintos amarillos, campanulas moradas. Locus amoenus. Adagio de Pastoral.
Dejando atrás la idílica llanada el camino continúa su descenso. Cascada de Sancti Spiritu, el Estany Llebreta con sus orillas cubiertas de vegetación lacustre y, al final, la carretera que cruza el Valle de Boí. Los militares toman dirección Pont de Suert y regresan a Olot.
*-*-*-*-*-*
Portarró. Las fotos de rigor, una barrita energética y unos tragos de bebida isotónica. Repasamos las cumbres que nos circundan: a lo lejos, a la izquierda Los Encatats, Monestero, Subenix… E iniciamos el descenso hacia el Valle del San Nicolau. El camino comienza con una fuerte pendiente desde la que se divisa a la derecha el Estany Redó y, al final de la bajada, el Llong. A la izquierda, unos contrafuertes de piedra ya musgosa nos muestran los restos de una pista abandonada.
*-*-*-*-*-*
El teniente esperaba el aviso del laboratorio del Regimiento. Necesitaba las fotografías para completar el informe de la pista inspeccionada.
Malas noticias. No saben si los carretes estaban defectuosos, si se han manipulado mal: no hay fotos. La conversación con el capitán es escueta: las fotografías son necesarias, no hay jeep ni conductor disponibles. Tren a Pobla de Segur, donde le recogerá un camión del destacamento de Llavorsí y le dejará en el cruce de la carretera de Espot. Desde allí, el teniente dispondrá de sus pies, la cámara y dos días para solucionar el problema. Otro transporte militar le recogerá en La Farga, en la carretera del Valle de Boí.
Nueve kilómetros separan el cruce del pueblo de Espot, desde allí otros ocho kilómetros hasta el Estany San Mauricio y seis hasta el Portarró. Allí acaba el tramo ascendente que acumula mil cien metros de desnivel. Otros quince, tal vez algo más, de bajada le llevarán hasta La Farga, la residencia que la ENHER, compañía responsable de las obras hidroeléctricas, regaló poco después al general Franco.
El camión frenó poco después del puente del Río Escrita, cerca de su desembocadura en el Noguera Pallaresa. El teniente bajó del camión, miró la carretera que mostraba una acusada pendiente, se colocó la mochila e inició el camino. Nueve kilómetros de rampas, curvas y contracurvas y al final de una recta jalonada por algunos abedules se asoman las pocas casas de Espot. Arquitectura sobria de montaña: pizarra y madera. Un puente medieval que queda a la derecha del camino señala el final de la aldea.

Hayas, avellanos, abedules, servales, pinos negros y abetos regalan su sombra al caminante que ya conoce el trayecto. Las curvas, el lago al pie de los altivos Encantats. La atención en la cámara, en las fotografías de la pista, las emociones escalan las cumbres que circundan el camino.
Cae la tarde llegando al Portarró, los mismos arpegios de granito, la misma sinfonía de hace unos días. Pero andando y solo en la inmensidad de la montaña pirenaica las sensaciones son distintas. Son mejores, infinitamente intensas. Los operarios de la ENHER le permiten pernoctar en el refugio cercano al Estany Llong. La noche se cierne sobre el bosque, las cumbres se perfilan en lontananza y un tapiz de estrellas, de muchas estrellas, muchas más que las que se ven en otras altitudes, cubre el silencio surcado por el rumor del San Nicolau.
Amanece y la marcha prosigue, el bosque, los prados y meandros del Planell, la cascada, el Estany Llebreta y por fin la carretera y La Farga. El teniente está cansado. Cansado y decidido. Decidido a dedicar su vida a la montaña.
Después del Regimiento de Olot, llegó el destino en Madrid. Allí, primero, los Grupos Universitarios de Montaña del SEU; después, los cargos en la Federación Española de Montañismo, marchas, escaladas, campamentos, la Sociedad Deportiva Excursionista, el Grupo de Alta Montaña, colaboraciones en expediciones, diseño de mapas de montaña… Toda una vida entorno a las cumbres, sin grandes retos, solo disfrutando, cada uno entiende la montaña a su manera. En los Grupos Universitarios de Montaña conoció a una montañera. Montañera desde pequeña: su padre ya andaba en las primeras décadas del XX entre los pioneros de la Sierra del Guadarrama.
*-*-*-*-*-*
desde la carretera hasta el Estany Llong en la vertiente del San Nicolau y desde Espot hasta algo más arriba del Estany de San Mauricio en la vertiente del Río Escrita. La pista fue construida a principios de los años cincuenta.
Llegamos al final de nuestra ruta: la parada de taxis todoterreno que nos ahorrarán los últimos kilómetros de bajada hasta Boí. La memoria impregnada de cumbres, de bosques, de torrentes.
Mientras esperamos que llegue un Land Rover, pienso en las casualidades: si aquellos carretes no se hubiesen velado, si aquellas fotos hubiesen salido bien en el primer intento quizá nadie hubiese escrito estas líneas.
*-*-*-*-*-*
El teniente y aquella montañera unieron sus vidas, las unieron también con la montaña y tuvieron un hijo que, en el verano de 2013, empezó a escribir un blog.
viernes, 6 de septiembre de 2013
La comida procesada favorece el sueño
La comida procesada favorece el sueño o, dicho de otro modo, nos permite dormir con la conciencia tranquila. Y no, que nadie piense que está afirmación es fruto de una ingesta desmedida de uva procesada y fermentada.
De todos es sabido que la culpa es mala compañera de Morfeo y más sabido aún que encontrar un culpable que alivie nuestro pecado es la mejor, más cómoda y más practicada fórmula de conciliar el sueño y reconciliarnos con nosotros mismos.
Así, poco contentos, más bien culposos de nuestras flacideces físicas e incluso anímicas, es preciso encontrar su porqué –el culpable- . Un severo veredicto con una concienzuda argumentación bioquímica halla un culpable de la desmesura de nuestros tejidos adiposos y de todos los males relacionados con la alimentación de nuestros días: la comida procesada. Podemos dormir, la culpa es de otro.
Y es que resulta más cómodo achacar nuestras curvas más molestas, nuestros triglicéridos y colesteroles, incluso los cambios de humor y la infertilidad a la ciencia artera que se practica en los laboratorios de las industrias alimentarias.
Se cuentan por cientos los mensajes alertando de los males de la comida procesada. Un ejemplo: 10 cosas que las industrias de comida procesada no quieren que sepamos
Nuestro estilo de vida ha cambiado: la incorporación –bienvenida- de la mujer al mundo laboral, la oferta de ocio, las tecnologías multimedia y de la comunicación, la sustitución del esfuerzo físico por el mecanizado, los medios de transporte… Todos conocemos cómo ha evolucionado el modo de vida, especialmente en el último siglo. Y claro, tanta mejora debía tener algún efecto secundario: no tenemos tiempo. Mucho menos si ese tiempo es para dedicarlo a los fogones. Es entonces cuando los viles métodos de la industria alimentaria aprovechando nuestra falta de tiempo moldean nuestras siluetas al estilo Botero y alteran nuestro equilibrio bioquímico.
Pero no, la peor flacidez que nos aqueja no es la abdominal, sino la mental. Claro que los alimentos precocinados o comida procesada no son los más saludables, como tampoco lo sería volver a los tiempos del cocido como alimento casi único. No es cuestión de demonizar un alimento que inicialmente está concebido para su consumo excepcional. El problema no es el uso sino el abuso, como en casi todo. Como tampoco es justo generalizar, pues de todo hay en la oferta de alimentos precocinados.
Los alimentos procesados inducen la segregación de dopamina, afirman algunos artículos, una sustancia que genera nuestro organismo y que se asocia al placer, y por tanto producen adicción. Pues confieso que mis niveles de dopamina alcanzan cotas más elevadas con un cochinillo asado que con una lasagna precocinada y no por ello he generado ninguna adicción.
Los alimentos procesados tienen conservantes (afortunadamente), tienen glutamato monosódico, nitratos (como buena parte de la chacina de las mejores industrias cárnicas con Denominación de Origen), demasiadas calorías… Nada que en su justa medida pueda producir efectos adversos.
Los únicos efectos adversos del estilo de vida actual provienen de las horas de sillón, televisión y tablet que nos impiden pasar un rato en la cocina. Quizá no podamos dedicar las horas que nuestras madres y abuelas dedicaron a los fogones, pero son incontables las preparaciones que no requieren más de diez o quince minutos.
Y sí, el modo de vida ha cambiado: además de la falta de tiempo nos ha traído mayor poder adquisitivo, congeladores, máquinas programables que amasan, cocinan, baten, pican, sofríen, cuecen y, afortunadamente, no comen que es lo único que les falta. Y, por si fuera poco, en la tablet tenemos las recetas en vídeo por si leer es mucho esfuerzo. Pero dormiremos más felices sabiendo que el maligno en forma de alimento precocinado ha poseído nuestro abdomen.
De todos es sabido que la culpa es mala compañera de Morfeo y más sabido aún que encontrar un culpable que alivie nuestro pecado es la mejor, más cómoda y más practicada fórmula de conciliar el sueño y reconciliarnos con nosotros mismos.
Así, poco contentos, más bien culposos de nuestras flacideces físicas e incluso anímicas, es preciso encontrar su porqué –el culpable- . Un severo veredicto con una concienzuda argumentación bioquímica halla un culpable de la desmesura de nuestros tejidos adiposos y de todos los males relacionados con la alimentación de nuestros días: la comida procesada. Podemos dormir, la culpa es de otro.
Y es que resulta más cómodo achacar nuestras curvas más molestas, nuestros triglicéridos y colesteroles, incluso los cambios de humor y la infertilidad a la ciencia artera que se practica en los laboratorios de las industrias alimentarias.
Se cuentan por cientos los mensajes alertando de los males de la comida procesada. Un ejemplo: 10 cosas que las industrias de comida procesada no quieren que sepamos
Nuestro estilo de vida ha cambiado: la incorporación –bienvenida- de la mujer al mundo laboral, la oferta de ocio, las tecnologías multimedia y de la comunicación, la sustitución del esfuerzo físico por el mecanizado, los medios de transporte… Todos conocemos cómo ha evolucionado el modo de vida, especialmente en el último siglo. Y claro, tanta mejora debía tener algún efecto secundario: no tenemos tiempo. Mucho menos si ese tiempo es para dedicarlo a los fogones. Es entonces cuando los viles métodos de la industria alimentaria aprovechando nuestra falta de tiempo moldean nuestras siluetas al estilo Botero y alteran nuestro equilibrio bioquímico.
Pero no, la peor flacidez que nos aqueja no es la abdominal, sino la mental. Claro que los alimentos precocinados o comida procesada no son los más saludables, como tampoco lo sería volver a los tiempos del cocido como alimento casi único. No es cuestión de demonizar un alimento que inicialmente está concebido para su consumo excepcional. El problema no es el uso sino el abuso, como en casi todo. Como tampoco es justo generalizar, pues de todo hay en la oferta de alimentos precocinados.
Los alimentos procesados inducen la segregación de dopamina, afirman algunos artículos, una sustancia que genera nuestro organismo y que se asocia al placer, y por tanto producen adicción. Pues confieso que mis niveles de dopamina alcanzan cotas más elevadas con un cochinillo asado que con una lasagna precocinada y no por ello he generado ninguna adicción.
Los alimentos procesados tienen conservantes (afortunadamente), tienen glutamato monosódico, nitratos (como buena parte de la chacina de las mejores industrias cárnicas con Denominación de Origen), demasiadas calorías… Nada que en su justa medida pueda producir efectos adversos.
Los únicos efectos adversos del estilo de vida actual provienen de las horas de sillón, televisión y tablet que nos impiden pasar un rato en la cocina. Quizá no podamos dedicar las horas que nuestras madres y abuelas dedicaron a los fogones, pero son incontables las preparaciones que no requieren más de diez o quince minutos.
Y sí, el modo de vida ha cambiado: además de la falta de tiempo nos ha traído mayor poder adquisitivo, congeladores, máquinas programables que amasan, cocinan, baten, pican, sofríen, cuecen y, afortunadamente, no comen que es lo único que les falta. Y, por si fuera poco, en la tablet tenemos las recetas en vídeo por si leer es mucho esfuerzo. Pero dormiremos más felices sabiendo que el maligno en forma de alimento precocinado ha poseído nuestro abdomen.
miércoles, 4 de septiembre de 2013
Apuntes de unas breves vacaciones pirenaicas (II): Bosost e "Inés y la alegría"
“… hasta que llegamos a Bosost, un pueblo muy pequeño, muy hermoso, de calles empinadas y casas de piedra con tejados de pizarra, a orillas de un Garona joven e impetuoso como un cadete.” Inés y la Alegría. Almudena Grandes.
Bosost ya no es tan pequeño pero sigue siendo hermoso, no todas sus calles son empinadas porque ha crecido por la zona llana cercana al río ni todas sus casas son de piedra con tejados de pizarra. El Garona sigue siendo joven e impetuoso, por él no pasa el tiempo.
Siempre que paso alguna temporada por el Pirineo Catalán es obligada una visita al Valle de Arán: la cosmopolita Viella, Unha y su olla aranesa y los paisajes justifican con creces las curvas de La Bonaigua.
Y ya cumplida la visita de este año, casi a punto de iniciar el regreso, un cartel indicador parece tirar de nosotros en otra dirección. Bosost.
Hace algunos meses que leí Inés y la Alegría de Almudena Grandes. Una novela que habla de “la historia inmortal y el amor de los cuerpos mortales”. La escritora rescata del olvido el intento de invasión del Valle de Arán que, en 1944, protagonizaron guerrilleros republicanos. Para unos, el último hecho de armas que tuvo lugar después de la Guerra Civil y para otros, un fugaz epílogo, un punto final quimérico y definitivo. "129, algunos más o muchos menos, los soldados de la UNE que no lograron salir vivos de Arán, murieron para que nadie lo sepa - escribe Almudena Grandes - La Historia con mayúsculas de los documentos y los manuales los ha barrido con la escoba de los cadáveres incómodos".
Buena parte de la novela transcurre en Bosost y no resistí la tentación de imaginar a Inés, a Galán o a Comprendes en las calles reales del pueblo. Si un encanto de la lectura es imaginar lugares y personajes de la mano del autor, también lo es colocar la acción en lugares conocidos.
Hoy Bosost es un animado centro turístico y comercial que poco debe tener que ver con el pequeño pueblo de 1944. Sin embargo pasear por el lugar invita a imaginar.
Invita a imaginar e invita a reflexionar. A reflexionar sobre cómo se escribe la historia, a reflexionar sobre las últimas décadas en España.
El intento de invasión del Valle de Arán no figura en la mayoría de los libros de historia y, sin embargo, fue un hecho relevante: supuso el adiós definitivo a cualquier intento de “reconquista” republicana, no por la relevancia militar en sí misma, sino porque evidenció la postura del bando aliado al final de la Segunda Guerra Mundial con respecto al régimen del General Franco. Muchos esperaban que tras la derrota de los regímenes fascistas, la Guerra terminaría con la ayuda aliada al restablecimiento de la República. La invasión del Valle de Arán debía ser el inicio de una reconquista apoyada por los ejércitos aliados. Nada de eso sucedió. Y a nadie interesaba que este hecho figurase en la historia oficial y hoy, de no ser por Inés y la alegría, es posible que para muchos siguiese siendo un hecho desconocido.
Cientos de pantalones cortos y camisetas de todos los colores se mueven con una banda sonora de clics de cámaras fotográficas, compitiendo en color con el mosaico de mil marcas de bebidas espirituosas alineadas en los escaparates. Cuesta superponer una imagen gris con banda sonora de película bélica y miseria. Cuesta imaginar que allí mismo, no hace tanto tiempo, faltaba el sustento y sobraban balas.
El contraste entre los dos escenarios, el que cuesta imaginar y no por ello fue ficción y el que ven nuestros ojos, nos habla del mayor periodo de paz y crecimiento económico y social que ha tenido España a lo largo de su historia. Uno sabe que pertenece a la única generación española que no ha vivido una guerra y que no ha conocido el hambre. Y mientras otros bailotean sobre la delgada línea que separa la reforma necesaria de la destrucción inmoral e irresponsable, uno espera que el baile no degenere en danza macabra.
domingo, 1 de septiembre de 2013
El maridaje: uno más uno no siempre es igual a dos
Aunque nunca se me han dado bien las matemáticas, siempre he tenido claro que uno más uno son dos. Lo he tenido claro hasta la cena del día 29 en Los Santos de Maimona.
Cuando uno es un cocinero vocacional y creativo y el otro uno es un bodeguero de tradición y apasionado, uno más uno no son dos sino un número muy grande, de esos que tienden a infinito. Cuando en la suma intervienen pasiones y buen hacer y, además, se trata de vino y cocina, las matemáticas no pueden explicar el resultado y se produce la explosión.
Y es que cada vez que se descorchaba una botella de Bodegas Toribio y se abrían las puertas de las cocinas de Las Barandas surgía con delicada violencia una cascada de sensaciones, aromas, sabores, texturas y colores. Cada plato y cada vino brillaron con luz propia.
La unión de las pasiones y el buen hacer de Fernando Toribio y Manuel Gil nos regalaron una cena memorable: ocho vinos y ocho platos. Cada plato cocinado con el vino que lo iba a acompañar. Un minucioso ensamblaje de los fogones de Manuel con los vinos de Fernando. Cocina que se mueve entre la modernidad y la tradición y vinos con diseños actuales que no olvidan lo mejor de sus raíces. Y, sobre todo, amor al vino y a la cocina.
Una cena que no solo fue deleite, sino también, una demostración de las calidades que puede ofrecer Extremadura. No cabe más que desear un gran éxito a la gama de vinos Torivín y al restaurante Las Barandas.
Cuando uno es un cocinero vocacional y creativo y el otro uno es un bodeguero de tradición y apasionado, uno más uno no son dos sino un número muy grande, de esos que tienden a infinito. Cuando en la suma intervienen pasiones y buen hacer y, además, se trata de vino y cocina, las matemáticas no pueden explicar el resultado y se produce la explosión.
Y es que cada vez que se descorchaba una botella de Bodegas Toribio y se abrían las puertas de las cocinas de Las Barandas surgía con delicada violencia una cascada de sensaciones, aromas, sabores, texturas y colores. Cada plato y cada vino brillaron con luz propia.
La unión de las pasiones y el buen hacer de Fernando Toribio y Manuel Gil nos regalaron una cena memorable: ocho vinos y ocho platos. Cada plato cocinado con el vino que lo iba a acompañar. Un minucioso ensamblaje de los fogones de Manuel con los vinos de Fernando. Cocina que se mueve entre la modernidad y la tradición y vinos con diseños actuales que no olvidan lo mejor de sus raíces. Y, sobre todo, amor al vino y a la cocina.
Una cena que no solo fue deleite, sino también, una demostración de las calidades que puede ofrecer Extremadura. No cabe más que desear un gran éxito a la gama de vinos Torivín y al restaurante Las Barandas.
miércoles, 28 de agosto de 2013
Secuencias matutinas
Mérida, 7:57 horas, en la puerta de la oficina. En las mañanas de finales de agosto el sol está perezoso; quizá, cansado de tanto tostar cuerpos y dorar campos de cereal, ansía el descanso otoñal. A las ocho de la mañana sus rayos aún no han acabado de romper la penumbra en las calles.
Una rutina gris con olor a sábanas y café con leche parece envolver a los pocos transeúntes que tímidamente van despertando la calle.
Setenta y tantos años de trajín envueltos en una piel que no los disimula pasean un yorkshire. Unas barras de pan cruzan la calle abrazadas por un bata de guata. Un motor se queja y unos pasos rápidos caminan hacia alguna oficina. Una mirada que parece contar las baldosas de la acera camina bajo un pelo que se acuerda de la ducha. Una secuencia con pocas variaciones. Habitantes de una calle que despierta con movimientos ensayados.
A veces la secuencia se altera.
Un movimiento fluido, silencioso, limpio: una mujer, cuarenta y pocos años bien llevados sobre una bicicleta; tres o cuatro metros, una niña pedalea; apenas dos metros, un hombre también pedalea y tras él, en un transportín, otra niña, más pequeña.
A veces la secuencia se altera. Y se altera con una canción alegre y limpia. Con una canción que tiene letra de futuro, de un futuro mejor. De un futuro que habla de ciudades con otro guión. De calles con una secuencia con más color y menos gris.
Buenos días.
Una rutina gris con olor a sábanas y café con leche parece envolver a los pocos transeúntes que tímidamente van despertando la calle.
Setenta y tantos años de trajín envueltos en una piel que no los disimula pasean un yorkshire. Unas barras de pan cruzan la calle abrazadas por un bata de guata. Un motor se queja y unos pasos rápidos caminan hacia alguna oficina. Una mirada que parece contar las baldosas de la acera camina bajo un pelo que se acuerda de la ducha. Una secuencia con pocas variaciones. Habitantes de una calle que despierta con movimientos ensayados.
A veces la secuencia se altera.
Un movimiento fluido, silencioso, limpio: una mujer, cuarenta y pocos años bien llevados sobre una bicicleta; tres o cuatro metros, una niña pedalea; apenas dos metros, un hombre también pedalea y tras él, en un transportín, otra niña, más pequeña.
A veces la secuencia se altera. Y se altera con una canción alegre y limpia. Con una canción que tiene letra de futuro, de un futuro mejor. De un futuro que habla de ciudades con otro guión. De calles con una secuencia con más color y menos gris.
Buenos días.
lunes, 26 de agosto de 2013
Hacer de la crisis oportunidad (o espectáculo)
Me había impuesto la tarea, dura, de ver el primer programa de “Entre todos”. No defrauda: sus señas de identidad son el peor estilo, el morbo y la caridad disfrazada de solidaridad.
Que una cadena de televisión emita programas de dudoso gusto y calidad mediocre no es novedoso, pero que la televisión estatal produzca este programa es ¿indignante? ¿inadmisible? Podrían ser muchos los calificativos. A mí me parece, simplemente, grave.
Una cadena pública, es decir, del Estado, es decir, de todos los españoles, no puede convertir en espectáculo la desgracia de los ciudadanos. Y mucho menos cuando esta desgracia no es fruto de una catástrofe natural sino de la gestión económica de sucesivos gobiernos, por acción o por omisión. Pero el análisis de la crisis económica no es el objetivo de este post.
Tampoco la bonhomía de los ciudadanos debería ser espectáculo. No al menos en este contexto.
“… para dar de comer a sus hijos…”, “…todos tenemos derecho a trabajar…”, “… gente que no está acostumbrada a pedir pa comer…” son algunas expresiones que hemos escuchado a la presentadora.
En el programa de hoy se “ha conseguido” financiación para emprendedores. Se ha conseguido trabajo y se ha conseguido una silla ortopédica.
La financiación es responsabilidad de los bancos (rescatados con dinero público). El trabajo es un derecho constitucional y existen servicios públicos de empleo. Y una silla ortopédica o una ayuda para su adquisición es un problema de bienestar social o de salud pública.
Las donaciones proceden en su mayor parte, si no en su totalidad, de personas de clase media con mayor o menor poder adquisitivo. Las mismas personas que aportan la mayor parte de la recaudación fiscal española son quienes, bienintencionadas, emocionadas por el tono sensiblero y morboso, además de casi circense, de la presentadora (o del guionista) realizan sus aportaciones para cubrir responsabilidades del Estado y, por delegación, del Gobierno. El mismo Gobierno que regenta esta cadena de televisión. (Mientras, las exportaciones aumentan, el consumo de bienes de lujo aumenta y las grandes fortunas, también… suma y sigue).
Y me queda una duda: la selección.
¿Se seleccionan las personas con mayor espíritu emprendedor, con la mejor idea de negocio? ¿Las más necesitadas? ¿O las que mejor juego televisivo pueden dar?
En cualquier caso, aclaro: ni critico a quienes acuden al programa ni a quienes donan. Todo lo contrario, vayan mis mejores deseos de éxito para ellos. Para ellos y para todos los que están en situaciones similares.
Hacía tiempo que la televisión estatal no ofrecía un espectáculo tan lamentable y tan reprobable desde la ética política.
Finalizo con la palabra que también podía haber sido el título de este post: vergüenza.
Que una cadena de televisión emita programas de dudoso gusto y calidad mediocre no es novedoso, pero que la televisión estatal produzca este programa es ¿indignante? ¿inadmisible? Podrían ser muchos los calificativos. A mí me parece, simplemente, grave.
Una cadena pública, es decir, del Estado, es decir, de todos los españoles, no puede convertir en espectáculo la desgracia de los ciudadanos. Y mucho menos cuando esta desgracia no es fruto de una catástrofe natural sino de la gestión económica de sucesivos gobiernos, por acción o por omisión. Pero el análisis de la crisis económica no es el objetivo de este post.
Tampoco la bonhomía de los ciudadanos debería ser espectáculo. No al menos en este contexto.
“… para dar de comer a sus hijos…”, “…todos tenemos derecho a trabajar…”, “… gente que no está acostumbrada a pedir pa comer…” son algunas expresiones que hemos escuchado a la presentadora.
En el programa de hoy se “ha conseguido” financiación para emprendedores. Se ha conseguido trabajo y se ha conseguido una silla ortopédica.
La financiación es responsabilidad de los bancos (rescatados con dinero público). El trabajo es un derecho constitucional y existen servicios públicos de empleo. Y una silla ortopédica o una ayuda para su adquisición es un problema de bienestar social o de salud pública.
Las donaciones proceden en su mayor parte, si no en su totalidad, de personas de clase media con mayor o menor poder adquisitivo. Las mismas personas que aportan la mayor parte de la recaudación fiscal española son quienes, bienintencionadas, emocionadas por el tono sensiblero y morboso, además de casi circense, de la presentadora (o del guionista) realizan sus aportaciones para cubrir responsabilidades del Estado y, por delegación, del Gobierno. El mismo Gobierno que regenta esta cadena de televisión. (Mientras, las exportaciones aumentan, el consumo de bienes de lujo aumenta y las grandes fortunas, también… suma y sigue).
Y me queda una duda: la selección.
¿Se seleccionan las personas con mayor espíritu emprendedor, con la mejor idea de negocio? ¿Las más necesitadas? ¿O las que mejor juego televisivo pueden dar?
En cualquier caso, aclaro: ni critico a quienes acuden al programa ni a quienes donan. Todo lo contrario, vayan mis mejores deseos de éxito para ellos. Para ellos y para todos los que están en situaciones similares.
Hacía tiempo que la televisión estatal no ofrecía un espectáculo tan lamentable y tan reprobable desde la ética política.
Finalizo con la palabra que también podía haber sido el título de este post: vergüenza.
viernes, 23 de agosto de 2013
Lo que es en sede
Escuchaba ayer un boletín de noticias en la radio: “… debe declarar en sede judicial”. La sospecha se confirma. Desde hace algún tiempo vengo escuchando el interés que algunos políticos tienen porque otros, del partido contrario, comparezcan en “sede parlamentaria”. La noticia que cito al principio y que habla de “sede judicial” confirma mi temor: estamos ante una nueva expresión de moda.
Qué ganas de complicar lo sencillo.
¿No será más importante la institución o la persona o personas ante las que hay que declarar o comparecer?
¿No será más sencillo (y con mayor significado) hablar de “comparecer ante el Parlamento” o “en el Parlamento”; “declarar ante el Juez” o “en el juzgado”?
A uno, que peca de simplón, la sede le importa más bien poco, sin embargo el señor juez sí que le impone respeto. Y qué decir del Parlamento… el hemiciclo repleto de sus señorías, es decir, el Parlamento como institución sí que impone ¿no?... pero la sede… en la sede están los pasillos, el bar, incluso los aseos (aunque a veces haya más señorías en estos lugares que en el hemiciclo, pero eso es otro asunto).
Qué ganas de complicar lo sencillo.
¿No será más importante la institución o la persona o personas ante las que hay que declarar o comparecer?
¿No será más sencillo (y con mayor significado) hablar de “comparecer ante el Parlamento” o “en el Parlamento”; “declarar ante el Juez” o “en el juzgado”?
A uno, que peca de simplón, la sede le importa más bien poco, sin embargo el señor juez sí que le impone respeto. Y qué decir del Parlamento… el hemiciclo repleto de sus señorías, es decir, el Parlamento como institución sí que impone ¿no?... pero la sede… en la sede están los pasillos, el bar, incluso los aseos (aunque a veces haya más señorías en estos lugares que en el hemiciclo, pero eso es otro asunto).
Y para redondear la faena, nos comemos el artículo. No, "en la sede...", no: "en sede" queda más in.
Probablemente el inventor de la expresión y los que, posteriormente y para no ser menos, han decidido utilizarla no se hayan planteado los vericuetos semánticos en los que hoy me ha dado por perderme. Probablemente no se hayan planteado que es más importante la institución que el local donde se ubica. Probablemente ante la falta de contenido o de novedad, el inventor ha buscado una floritura con la que adornar su reiterativo e insulso discurso o tal vez, simplemente, ha pretendido ser original. Tras él, la prensa. La prensa siempre dispuesta a mimetizarse con todo tipo de jergas profesionales en lugar de ser traductora de las mismas y aportar claridad y corrección lingüística al mensaje. Y así se acuña la nueva expresión. Así ha sucedido con muchas.
Una lengua es algo vivo, evoluciona y no se trata de cerrarse a nuevos términos. Pero de ahí a propiciar y colaborar en el uso de expresiones que, en lugar de aportar, enmarañan, va lo que es un trecho. Porque si se han dado cuenta, ya no hay trechos: hay lo que son trechos.
Un buen amigo me decía: “las cosas ya no son, ahora, las cosas son lo que son”. Y no es un trabalenguas. Desde hace algunos años se ha implantado de forma indiscriminada el uso de “lo que es”: un circunloquio que solo aporta complejidad al mensaje. Con poco que prestemos atención escucharemos infinidad de “lo que es”: “llegaron a lo que es la estación”, “lo que es la ciudad está más limpia”. Con lo fácil que es decir “llegaron a la estación” y “la ciudad está más limpia”.
En fin… si algún día coincidimos les invitaré a tomar lo que es un café en sede familiar porque tomar un café en mi casa es muy vulgar ¿no?
Probablemente el inventor de la expresión y los que, posteriormente y para no ser menos, han decidido utilizarla no se hayan planteado los vericuetos semánticos en los que hoy me ha dado por perderme. Probablemente no se hayan planteado que es más importante la institución que el local donde se ubica. Probablemente ante la falta de contenido o de novedad, el inventor ha buscado una floritura con la que adornar su reiterativo e insulso discurso o tal vez, simplemente, ha pretendido ser original. Tras él, la prensa. La prensa siempre dispuesta a mimetizarse con todo tipo de jergas profesionales en lugar de ser traductora de las mismas y aportar claridad y corrección lingüística al mensaje. Y así se acuña la nueva expresión. Así ha sucedido con muchas.
Una lengua es algo vivo, evoluciona y no se trata de cerrarse a nuevos términos. Pero de ahí a propiciar y colaborar en el uso de expresiones que, en lugar de aportar, enmarañan, va lo que es un trecho. Porque si se han dado cuenta, ya no hay trechos: hay lo que son trechos.
Un buen amigo me decía: “las cosas ya no son, ahora, las cosas son lo que son”. Y no es un trabalenguas. Desde hace algunos años se ha implantado de forma indiscriminada el uso de “lo que es”: un circunloquio que solo aporta complejidad al mensaje. Con poco que prestemos atención escucharemos infinidad de “lo que es”: “llegaron a lo que es la estación”, “lo que es la ciudad está más limpia”. Con lo fácil que es decir “llegaron a la estación” y “la ciudad está más limpia”.
En fin… si algún día coincidimos les invitaré a tomar lo que es un café en sede familiar porque tomar un café en mi casa es muy vulgar ¿no?
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